La caza de señoras: deporte olímpico ¡YA!

[…] —Y seguro que me hubieras hecho pasar un mal rato —le guiñé un ojo—, pero no me habría enfadado, sino que habría disfrutado de ese flechazo y de cómo se la comían sus propios perros. […]

—No le he dicho nada, aita, porque pensaba que me ibas a reñir.

Acabábamos de salir del ascensor que da acceso a casa de mis padres. Una señora había entrado en el habitáculo hablando a la niña con familiaridad forzada. Mi hija se había refugiado en una esquina, evitando la mirada; y la intrusa —intrusa en la intimidad de la niña, no en el ascensor— había contraatacado con un “ay, menuda vergüenzaaaa…”, malinterpretando y simplificando su experiencia interior.

—Pues no te iba a reñir —respondí—. Es normal que presientas eso porque muchas veces me he equivocado en ese mismo sentido, pero eso se acabó. Ahora sé que no es debilidad, sino Artemisa erigiendo un muro de hielo protector y sumamente eficaz.

—Pues que sepas que, si no es por ti, le hubiera dicho que me deje en paz.

—Y seguro que me hubieras hecho pasar un mal rato —le guiñé un ojo—, pero no me habría enfadado, sino que habría disfrutado de ese flechazo y de cómo se la comían sus propios perros. Te lo prometo. Porque se lo merecía.

—¡Es que estoy harta de la gente que hace eso! ¡Es un asco!

—Efectivamente, lo es. Y peor es cuando te tocan.

—Aghhh.

—Pues que sepas que, contigo, podría responder así.

Cogimos el coche y fuimos para casa. Al salir del garaje, ella me dijo:

—Vamos a ver si nos encontramos con otra señora que haga lo mismo, que le quiero lanzar un flechazo.

—¿En serio? —pregunté anonadado.

—Sí, Aita, ¡vamos a cazar señoras! —No se me ocurre nada mejor que decir:

—Vale. Yo tengo listo mi arco —y lo tenso en el aire.

—¡Y yo el mío! —Hace el mismo gesto, también.

—¡Se me ocurre una cosa! —suelta— ¡Vamos con Lumi! —Lumi es una bebé hiperrealista que le encanta—. Así es más fácil que se nos acerquen señoras.

—¿Me estás diciendo que vamos a cazar señoras con cebo? ¡Con cebo! —me descojonaba de la risa, y no podía perderme la oportunidad.

—¡O señores!

—Ya, hay señores terribles, también.

—Mira, aita, vamos caminando así, hacia la plaza… —planificada la estrategia—. Yo voy a simular que soy una niña moñas, y tú… tú intenta parecer normal.

Parecer normal… con estas conversaciones, no vamos bien.

¿O sí?

Gorka Saitua | educacion

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