[…] los roles que las diferentes personas juegan en los equipos de trabajo —y en cualquier sistema— están mediados por estas historias que, aunque forman parte de nuestra intimidad, se proyectan con más o menos cuidado hacia el mundo. […]
Todas y todos nos contamos una historia que nos permite sentirnos profesionales con valor en los contextos en los que trabajamos.
Y digo una historia porque, aunque puede haber otros relatos o narrativas en los que también nos podemos apoyar, generalmente es una la que se muestra en el escenario (predominante), dejando al resto en la sombra (subyugadas).
Esta historia —aún estando mediada por los estados de nuestro sistema nervioso— no sólo nos permite sentir algo de dignidad y agencia frente a la adversidad, sino que también nos ayuda a sentir la esperanza de poder ser captados, tal y como deseamos ser vistos, por la mirada del otro.
Y esa mirada del otro, anhelada, pero también temida, es el objeto alrededor del cual se configura nuestro personaje, su pasado, sus retos, sus logros, y su proyección hacia el futuro. Se convierte en algo así como una prisión segura, de la que es muy complicado salir porque fuera sólo hay vacío.
Si te fijas, los roles que las diferentes personas juegan en los equipos de trabajo —y en cualquier sistema— están mediados por estas historias que, aunque forman parte de nuestra intimidad, se proyectan con más o menos cuidado hacia el mundo. Por eso vemos diferentes personajes en los equipos de trabajo: reyes y reinas, guerreros y guerreras, magos y magas, maestros y maestras, brujos y brujas, aprendices, sabios y sabias, víctimas, diablos y diablas, nobles y súbditos, etc.
Son roles muy rígidos que no sólo influyen en cómo nos enfrentamos a los diferentes problemas o situaciones, sino que también condicionan y casi determinan cómo nos relacionamos entre los diferentes integrantes del equipo.
Porque, ¿qué crees que pasa cuando en un equipo hay dos reyes?
¿Y cuando hay un aprendiz y una maestra?
Hay relaciones que fluyen, otras que no, y otras que, desde el inicio están condenadas a la guerra. Y eso viene determinado por esas historias que nos contamos para sentirnos con valor, dar sentido a nuestra actividad, y evitar el contacto con el vacío que implica la ausencia de mirada. Son síntomas que desarrollamos para sobrevivir a un contexto ecológico-relacional complejo, y preservar nuestro deseo.
Ya sé lo que estás pensando. En efecto, así surgen las coaliciones y las alianzas.
Entrar en este juego es prácticamente inevitable. Todas y todos nos colocamos un disfraz para adaptarnos a estas circunstancias complejas, y ajustarnos a las historias que están en juego. Si la cosa va bien, decimos que “hemos encontrado nuestro lugar” —no necesariamente para bien— , pero, si no logramos un ajuste, es inevitable que nos sintamos claramente excluidos, a saber, confrontados por el vacío. Así que haremos lo posible para encajar, jugando con las diferentes historias que nos resultan posibles, hasta dar con una que nos satisfaga y, a la vez, satisfaga a los otros, y de allí ya prácticamente no salimos.
Y aquí es donde está la vaina más jugosa: en nuestros trabajos una o uno queda casi necesariamente cristalizado en roles que no le satisfacen del todo, muchas veces, con la sensación de que “no puede ser del todo ella o él mismo” y, lo que puede ser peor, que sólo es mirado como un objeto de deseo en la historia del otro. Es decir, se nos impone un dilema: si afirmo mi identidad, puedo ser expulsado, pero si permanezco debo mostrarme desde la rigidez que que impone mi ajuste al equipo.
No hay correspondencia entre cómo deseo que me miren, y como me siento mirada o mirado.
Y esto, amigas y amigos, es un verdadero peligro para las personas a las que acompañamos, porque inevitablemente trataremos de cubrir el deseo que el grupo no puede satisfacer en la relación con ellas, colocándolas en un lugar sumamente inadecuado: privándoles de su complejidad, su identidad y su experiencia para convertirlas en el objeto que debe cubrir lo que no cobre la mirada de nuestras compañeras y compañeros.
No es extraño, por ejemplo, que quien juega el rol de súbdito en un grupo ejerza como rey para las familias.
O que la víctima encuentre entre ellas un refugio.
O que el mago, al que nadie entiende, acabe ejerciendo como maestro autoritario.
Y todo ello de manera rígida. Como si no hubiera alternativas naturales u opciones.
Lo digo con seguridad: debemos trabajar estos juegos de roles en los equipos. Lo contrario es una grave negligencia que necesariamente afecta a las personas a las que acompañamos.
¿Has notado el escalofrío?
Efectivamente, plantearse algo así a-co-jo-na. Que viene la gran crisis y nos pilla en bolas. Cuesta tanto vernos funcionando desde otra forma, ¿verdad? Miramos al vacío y el cabrón nos devuelve la mirada.
Además, si llevamos mucho tiempo juntos, no sería extraño que hayamos confundido roles con identidad, y la narrativa predominante con la única posible para nosotras y nosotros. Pero, si te fijas, no siempre jugamos los mismos roles.
Yo, por ejemplo, puedo jugar el de héroe —mis hostias me he llevado—, pero también con los arquetipos de sabio, antihéroe, loco o incluso bardo (poeta). La pregunta es entonces, ¿qué pasaría si el equipo me viera reflejado en la diversidad en la que yo deseo también ser mirado?
¿Qué pasaría si hiciésemos explícito no sólo el juego en el que estamos, sino también los otros juegos en los que podemos estar recibiendo también la mirada de que tenemos valor como personas o trabajadoras?
¿Lo notas, también, verdad?
No sé lo que ha sido, pero desde aquí se ha escuchado lo que parece un suspiro de alivio.
El rol que juegas en el equipo no es tu identidad, amiga, amigo, sino sólo la forma en la que has logrado encajar en ese contexto tu deseo.
Y se puede hacer algo con ello.
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Gorka Saitua | educacion-familiar.com
