[…] Ese guion de vida suele estar orientado hacia una búsqueda. Buscamos algo, una experiencia, una persona o un objeto investido como mágico, que nos promete la satisfacción que necesitamos. Eso nos ayuda a levantarnos por la mañana, confiando en que nuestra vida puede mejorar y tiene un sentido. Pero este juego tiene unas reglas engañosas. […]
Todas las personas tenemos un guion de vida al que somos especialmente fieles, entre otras cosas, porque de él depende nuestro deseo y nuestra voluntad para recorrer nuestro camino. Esto está bien, nos ofrece estructura, orden y esperanza, y una identidad sólida, esto es, un lugar en el mundo.
Ese guion de vida suele estar orientado hacia una búsqueda. Buscamos algo, una experiencia, una persona o un objeto investido como mágico, que nos promete la satisfacción que necesitamos. Eso nos ayuda a levantarnos por la mañana, confiando en que nuestra vida puede mejorar y tiene un sentido.
Pero este juego tiene unas reglas engañosas. La primera, es que ese objeto al que aspiramos no puede, nunca, jamás, colmar el deseo. La segunda, es que nos creemos que puede colmarlo, y eso genera mucha angustia y miedo: “si alcanzo lo que busco, mi vida carecería de sentido”. Cesaría el deseo y, con él, todo mi movimiento. Y la tercera, es que ese deseo siempre tiene que ver con la actitud del otro, es decir, con cómo me mira, con cómo me nombra, y con el lugar y el significado que ocupo en su vida; de manera que colmar mi deseo está íntimamente ligado a ocupar espacio en el deseo del otro, lo cual, automáticamente me despersonalizaría: pasaría a ser el objeto que busca el otro, pero sin mi individualidad, mis experiencias, mis matices y mi movimiento.
Como os podéis imaginar, este esquema suele ser una fuente inagotable de conflictos. Entramos en conflicto porque buscamos lo que otros buscan, porque queremos y no queremos colmar el deseo, y porque lograrlo nos coloca en un lugar en el que dejamos de ser personas para ser un objeto que satisface al otro, revelándonos en consecuencia.
Me viene a la cabeza, ahora, una familia con la que trabajamos en una supervisión. La madre, anhelando, sentirse mirada y valiosa, había construído una narrativa vital en la que ella era “la persona que luchaba contra el mundo por el bienestar de su hija”. En este relato, el objeto mágico deseado, sería algo parecido al reconocimiento del mundo como “madre coraje”.
Sin embargo, su hija, habiéndose criado con una madre sola con ese proyecto de vida, sentía que algunas de sus necesidades nunca habían sido satisfechas, como, por ejemplo, el hecho de ser reconocida en su complejidad, más allá del lugar que su madre le imponía en su propia historia: “la niña vulnerable, sin valor propio, que tenía que desarrollar síntomas para regular la angustia de su madre”. No es extraño que, entre estas tensiones —quiero que mi madre esté bien, pero necesito ser reconocida como alguien con valor y agencia— tuviera momentos de descompensación severa, que implicaban escapadas del domicilio, actitudes de riesgo, y consumos de sustancias estupefacientes. El síntoma emergía así como un grito sin las palabras que no podía recoger su única figura de referencia: ¡no ves que sufro! ¡No ves que necesito romper estas cadenas! ¡No ves que necesito ser yo misma e independiente! La adolescente pasaba a habitar así una narrativa en la que ella era la que luchaba por su independencia, pero que debía regresar a asistir a su madre, obteniendo el poco valor posible al sacrificarse por quien le dio la vida, volviendo siempre a casa, y al punto de partida: convertirse en nada, salvo la que pretende saciar el deseo insaciable de su madre.
Os imagináis cómo se habían situado las y los profesionales frente a esta realidad, ¿verdad? Y quizás, también, podéis imaginar cómo había sido la respuesta de la familia ante esta modalidad de “apoyo”.
Porque, cuando hay un enganche de estas características —la adolescente está atrapada en el deseo de la madre, se siente invisible, se revela, la madre desarrolla un síntoma, la niña regresa para cuidar y sostener, pero eso le hace, de nuevo sentirse profundamente asfixiada— la intervención profesional suele ir encaminada a dar pautas e instrucciones cuyo valor se mide por su potencial para dinamitar el síntoma o acallar la angustia. Y, entonces, nosotros que tanto hemos estudiado, y que tanta terapia hemos hecho, nos convertimos —como tantas veces— en parte del problema, en este caso porque entramos en confrontación con el relato de la madre (“si otros cuidan mejor que yo, ¿qué lugar me queda ante mi hija?”), y con el de la hija (“mi madre está peor porque necesita ayuda profesional, por lo que debo asistirla más si cabe”), logrando justo lo contrario a lo que figura en nuestras maravillosas hojas de objetivos: se incrementa la angustia y se retroalimenta el síntoma.
Sin embargo, hay movimientos mucho más cuidadosos y operativos. Por ejemplo, nombrar esas historias (el fantasma lacaniano) que, aun siendo positivas y movilizadoras del deseo, son demasiado rígidas y convierten en rígida nuestra conducta. El problema, entonces, ya no es lo que nos contamos en torno a cómo podemos colmar nuestro deseo, sino que estamos atrapados en un guion que no nos deja demasiado margen de maniobra, y que nos empuja a respuestas protectoras donde no cabe una búsqueda efectiva de ese mismo deseo. Pero, al hacerlo explícito con mayor o menor acierto, éste se convierte automáticamente manejable a través de los maravillosos recursos que tiene la función ejecutiva.
¿Cuándo te has visto habitando otros relatos, escenarios o personajes y también has podido sentir que avanzabas para cubrir tu deseo?
¿Qué te parece si damos espacio a estas historias que han quedado silenciadas?
¿Si les damos el tiempo y el espacio que requieren, no para mejorar, sino como un acto de justicia narrativa?
Porque lo que sí sabemos es que un mismo deseo puede habitar diferentes historias, en las que hay diferentes personajes como protagonistas. Pongamos a su servicio todos ellos.
—
Gorka Saitua | edcuacion-familiar.com
