No tiene capacidad

[…] Consiste en presuponer que a las personas sólo les afectan las situaciones, relaciones o eventos que no pueden procesar suficientemente a través del cortex prefrontal.  […]

«¿Tú crees que le afecta eso? Anda, si no tiene capacidad para comprender esa realidad.»

En mi profesión no es extraño ver formas de capacitismo (discriminación hacia las personas que tienen menos capacidad física, mental y/o emocional) que pasan desapercibidas, pero no por ello causan menos daño, sobre todo, al privar a las personas que lo necesitan de acompañamientos más adecuados a su realidad. 

La frase de arriba ilustra una de esas formas de capacitismo que son especialmente dañinas, y en las que caemos, por igual, las familias y las figuras profesionales. Consiste en presuponer que a las personas sólo les afectan las situaciones, relaciones o eventos que pueden no procesar suficientemente a través del cortex prefrontal. Implica dar por hecho que sólo nos afecta lo que podemos gestionar a través del lenguaje, la simbología o el aparato racional, normalmente, entendiendo la razón desde su perspectiva más reduccionista, es decir, como la aplicación de la matemática o la lógica aristotélica. 

Vamos, de lo que te examinan en la escuela y de lo que, con suerte, te medio sirve para el trabajo y ganar dinero. 

Pero la experiencia nos dice que la realidad no es así, sino diametralmente opuesta. Porque, de hecho, la gran parte de los problemas que afectan a las personas y a las familias se gestan, sostienen y reproducen precisamente cuando acontecen eventos, decisiones, actitudes, a nivel del cuerpo que están operando para proteger o satisfacer necesidades, pero que no se pueden comunicar. 

Y en este terreno son especialmente vulnerables las personas que, en algunos aspectos de su vida que han sufrido adversidad temprana relacionada con la vinculación o menor capacidad. No sólo porque a la mente le cuesta más dar un sentido o generar una narrativa que contenga, ordene y comunique lo que está aconteciendo a nivel del cuerpo, sino porque, el contexto invalida sistemáticamente lo que puedan sentir. 

Repito: el contexto invalida sistemáticamente lo que puedan sentir. Y, en consecuencia, no se le da importancia, no se recoge, no se acepta, y se hace una interpretación parcial y simplista de su conducta casi reduciéndose con suerte a un funcionamiento animal, y sin tanta fortuna, a un objeto inerte de decoración. 

Que una persona no pueda poner palabras a lo que le pasa dentro, en el contexto de las relaciones y a las violencias que ha sufrido, sufre o teme volver a sufrir, en ningún caso invalida la inteligencia implícita en su cuerpo, su memoria somática o su sistema nervioso autónomo, y no debe ser jamás excusa para invalidar esta experiencia, sino acicate para que las familias y los profesionales tratemos de poner las palabras que la persona necesita para sentirse reconocida y protagonista en la realidad que le afecta. 

Para recuperar el sentido de agencia y la dignidad que la sociedad sistemáticamente arrebata a las personas con menor capacidad en algún ámbito de su vida, como si, al verse limitada su capacidad de producción, se legitimase también la restricción de cualquier tipo de acompañamiento orientado a mejorar su bienestar. 

Porque, no nos engañemos, somos así. Parte de nosotros se ha creído la vaina de que hay personas con más y menos valor. Y que ese valor —mierda de palabra— se relaciona principalmente con el potencial económico que una persona pueda tener. 

Y eso no sólo se siente, sino que también se ve. 

Se ve en las escuelas y en el trato que dan a las niñas y niños que se quedan atrás. 

Se ve en el sistema sanitario, cuando se imponen diagnósticos y tratamientos obviando lo que la persona siente, dice, y su sabiduría implícita hacia la enfermedad. 

Y se ve en los servicios sociales, mucho, cuando repetimos como loros frases del tipo “no se ha dado cuenta porque no tiene capacidad”, olvidando que esa frase, esa maldita frase, nos está señalando precisamente el núcleo más interesante e inteligente de nuestra intervención. 

Porque sí, amigas y amigos, se ha dado cuenta. Lo que pasa es que, todavía, no ha podido expresar su sufrimiento, su deseos, las injusticias, sus esfuerzos para cambiar la realidad, entre otras cosas, porque en su historia nadie ha dado prácticamente nunca importancia a lo que se pudo decir, por su supuesta falta de capacidad. 

El cuerpo tiene razones que la razón no entiende, que el corazón tampoco entiende, y que pasan desapercibidas ante la imbecilidad profesional. 

Gorka Saitua | educacion-familiar.com

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