[…] Toda relación de ayuda debería implicar también curiosidad y una puesta en valor de todas esas partes que no necesariamente cargan con la obligación de la supervivencia. […]
Creo firmemente que hay conversaciones que salvan vidas, pero también estoy convencido de que lo suelen hacer a un precio demasiado alto. Demasiado alto.
Cuando era adolescente, un profesor de filosofía me cambió la vida. En el momento más oscuro, cuando estaba más aislado y sentía que apenas tenía valor como persona, él me sacó de clase, y me habló con severidad:
—Gorka —dijo—, no puedes permitirte unas notas como éstas.
En mi inocencia, di por hecho que me estaba riñendo por todas las notas de la evaluación. Había suspendido siete asignaturas. Era mi peor momento personal y académico.
—¿De verdad, Gorka, un notable? —me increpó—. No me esperaba de ti esto.
Me quedé flipando. El pavo me estaba echando en cara la única de las notas que era relativamente buena. No entendía nada. Entonces, él continuó:
—Yo sé que tú puedes mucho más que eso. No me jodas, y no te dejes llevar por la apatía —añadió levantando la voz—. En la siguiente evaluación quiero, como mínimo, un sobresaliente.
Hoy echo la vista atrás y estoy profundamente agradecido. Esa conversación, de apenas 5 minutos, supuso un punto de inflexión en mi historia. Había alguien que confiaba en mí y en mi valor como estudiante. Además, era un tío de la hostia, algo así como lo que en lo que yo quería convertirme de adulto. Y confiaba en mis cualidades, sean cuales fueran.
Fascinante.
Por supuesto, en la siguiente evaluación obtuve mi sobresaliente. Es verdad que no me lo agradeció demasiado —creo que era de los que pensaban que el sobresaliente esa calificación era mi deber, porque era bueno en ello—, pero sí que se percató de lo que había pasado, reconociéndomelo con un gesto afirmativo de la cabeza. Pero lo importante es que ahí, justo ahí, se produjo un giro en mi historia. Porque ahora, a diferencia de los tiempos anteriores, yo tenía algo en lo que agarrarme: en el valor que yo podía tener como filósofo, es decir, en el brillo todavía incipiente de mi inteligencia.
Tenía algo de valor. Y ese algo era precioso, entre otras cosas, porque nadie me lo podía arrebatar de ninguna manera.
Pero todo el agradecimiento que siento, no evita que también me percate de la TRAMPA del juego. Cuando uno ha estado en lo más bajo y se agarra con fuerza a un punto de anclaje, hay todo un mundo que se pierde tras ese gesto desesperado. Se construye un relato de resistencia, rígido, protector, firmemente defensivo, en base a una narrativa limitada, en la que hay algo que brilla tanto, que nos deslumbra y nos impide ver el resto.
Para mí, ese brillo era la inteligencia. O lo que yo creía que era eso. La capacidad para cuestionar la realidad y ver un poco más allá, a través de las cosas. Y siendo mi recurso de supervivencia por antonomasia, lo he cultivado con dedicación —e incluso con obsesión— hasta negarme a mí mismo otros aspectos que, también, podrían haber sido igualmente o más importantes en mi vida.
Ojo al tema.
Porque, amigas y amigos, ni Gorka es tan listo como parece, ni está exento de cualidades ajenas a dicha inteligencia. Y ahora, viejo, barrigón y calvo, puedo ver no sólo que me he perdido un mundo entero, sino también que esa pérdida está relacionada, también, con el RELATO que inició ese profesor, que me salvó, y me dio acceso precisamente a lo que soy hoy en día.
Pero, coño, pagando un PRECIO muy elevado. Negándome la posibilidad de disfrutar del arte porque no se me daba bien; sacrificando la espontaneidad para no quedar como un imbécil; perdiéndome relaciones que me habrían podido nutrir; y ocultando mi sensibilidad —que, la parecer, sí que existe— como si de una mancha de lepra se tratara.
Dejándome mutilado.
Y ahora, me guste o no, soy el resultado de todo esto. Un resultado que no está demasiado mal —me va bien, me caigo bien—, pero que sigue estructurando su realidad en base a un relato parcial de aquellos acontecimientos: estoy bien porque he demostrado que TENGO valor profesional y espíritu crítico. Y porque he CONSEGUIDO cosas.
Y no tanto en lo que SOY como persona. Ni en el DEVENIR del aquí y el ahora.
¿Qué quiero decir con esto?
Pues una cosa buena y una mala. La buena, es que nuestras palabras, efectivamente, pueden salvar vidas. La mala, que cuando esas mismas palabras salvan vidas, también estructuran la realidad en base a una narrativa que es muy difícil de trasncender, porque todo, absolutamente todo, parece depender de ello. Incluso cuando el peligro ha pasado, porque el cuerpo y la memoría somática siguen haciendo de las suyas.
Toda y todo superviviente debería tener derecho la vida que con tanto esfuerzo ha logrado, pero, también, a no crecer cegado por el relato de resistencia.
Toda relación de ayuda debería implicar también curiosidad y una puesta en valor de todas esas partes que no necesariamente cargan con la obligación de la supervivencia.
¿Se ve?
¿Te ha pasado algo parecido?
—
Gorka Saitua | educacion-familiar.com
