[…] Y eso no resta ni un ápice de valor a mi decisión, que sigue siendo igual de correcta, pero nos permite ver la realidad en perspectiva, entendiendo que las personas privilegiadas tienen más y mejores oportunidades para descansar en un pedestal. […]
Ayer comenté que habría rechazado participar en un programa de televisión por respeto a mis valores éticos, y se me han llenado las redes de mensajes de apoyo en plan qué guay eres tío, el mundo necesita a más peña como tú.
Puto amo.
Pero, en honor a la verdad —o a lo que a mí me parece que es la verdad—, tengo que decir que estoy en un lugar privilegiado para decir que no. Y eso no resta ni un ápice de valor a mi decisión, que sigue siendo igual de correcta, pero nos permite ver la realidad en perspectiva, entendiendo que las personas privilegiadas tienen más y mejores oportunidades para descansar en un pedestal.
Pero, ¿qué dices tú?
Pues digo que tengo un trabajo estable, que me garantiza ciertos ingresos a finales de mes, que tengo cierto reconocimiento por parte de mis compañeras y compañeros, y una red de apoyo que lo flipas, con gente bonita por dentro y por fuera, y que proyectan sobre mí determinadas cualidades, y que, sin esas 3 cosas, igual habría dicho que sí.
Que coño, seguramente sí.
Porque no necesito dinero, reconocimiento, ni una posición social, tres cosas que me flipan, porque soy un ser humano, como todas y todos, con el mismo ego y los mismos bajos instintos que tú.
Me parece interesante destacar esto, porque cuando uno estudia sobre ética y moral —sea la clarificación de valores, el desarrollo moral de Kohlberg, la ética de Adela Cortina, a Platón o a Kant— se sobreentiende que ambas pertenecen a un ámbito de la realidad separado de las relaciones que las personas hemos tenido, tenemos o aspiramos a tener. Pero nuestros valores y el uso que hacemos de ellos siempre están intermediados por una estructura material (económica, social, etc.) y relacional.
Por eso, no es extraño que cuando alguien se yergue o le alzamos como a un maldito gurú, estemos, en el fondo, privilegiando, destacando o consolidando las mismas estructuras que generan la desigualdad. Y eso me toca mucho los huevos a mí, entre otras cosas, porque es dar, de nuevo, voz a quienes ya, por su riqueza, cultura o la herencia de su familia, ya tenían demasiadas oportunidades de hablar.
Es muy fácil aparecer en redes sociales como un maldito ser de luz. Basta impostar un personaje y tener cierta coherencia. Cualquiera lo puede hacer. Y a todas y todas nos gusta recibir halagos, sobre todo, cuando estos halagos van unidos al desarrollo de la propia carrera profesional; pero, amigas y amigos, la moralidad, como tantas otras cosas, no es sólo una cuestión de bondad, belleza o voluntad, sino que también está unida ineludiblemente a las condiciones visibles o invisibles que perpetúan la desigualdad.
Lo digo y me retiro despacio: hace falta estar muy tranquilo y tener la tripa muy llena para renunciar a favor de algo tan etéreo como los propios valores o la ética profesional. Y esa es una de las jodiendas que tenemos los profesionales mal pagados en este tercer sector: no estamos en condiciones de hacer prevalecer nuestra ética profesional, y eso, claro, nos sitúa como el ariete perfecto a favor de la violencia institucional.
Lo digo alto y todo lo claro que puedo:
Vale más un gesto amable de una persona que está bien jodida, sufriendo, en lo más bajo, que toda mi maldita carrera profesional.
Hala. A cascarla a Ampuero.
Ampuero, allá voy 😉
—
Gorka Saitua | educacion-familiar.com
