Colon irritable y neurocepción. ¿Otra forma de verlo?

No sé si tengo la respuesta, pero sí que la pregunta es procedente. 

Voy a decir una bobada, esperando que alguien que sepa más que yo me corrija. 

Venga, corregidme. Quiero aprender. 

No soy experto en #colon_irritable, pero me temo que, en muchas ocasiones, puede explicarse con #hipótesis_circulares similares a ésta: 

1. El trauma, es decir, la alteración de los procesos de neurocepción como resultado de experiencias adversas, provoca un incremento sustancial y sostenido de las sensaciones viscerales. “Se funden los plomos”.   

2. Aumenta el umbral de percepción de las sensaciones. Es necesaria mucha intensidad para que se sienta molestia o dolor. 

3. No se sienten las oscilaciones normales (“no siento las tripas, salvo cuando están mal”). El intestino se desconecta del cerebro, porque mantener al cerebro atento a esas oscilaciones o sensaciones no es una buena idea: puede impedir hacer una vida normal. 

4. El cerebro no puede cuidar del intestino. “Lo que no se siente queda en soledad y, por tanto, en peligro”. 

5. El cuerpo reacciona que tiene que actuar para proteger el intestino, dado que la mente no lo hace.

6. Se producen procesos inflamatorios, endocrinos (hormonas del estrés) y autoinmunes cuya función es proteger una zona vulnerable. 

7. La onda peristáltica se detiene (estreñimiento) o aumenta en frecuencia (diarrea). 

8. Se altera la flora intestinal al variar el sustrato en el que se enraíza: se produce un barrido por diarrea, el PH se altera, los nutrientes desaparecen, y el cuerpo reacciona atacando las bacterias beneficiosas, como si fueran un enemigo a batir. 

9. Se interrumpe la secreción de serotonina. La persona se siente más deprimida, impotente y desesperanzada. Se desconecta más si cabe de sus sensaciones abdominales, porque “nada se puede hacer”. 

10. Se altera la mucosa intestinal. El intestino emite señales de peligro hacia el cerebro. ¡Coño! ¡Algo va mal!

11. Al perder la flora bacteriana, el intestino está más expuesto a infecciones. Se producen microinfecciones que mantienen alerta el sistema inmunitario, sin que se pueda relajar. 

12. Aumenta el dolor y los procesos inflamatorios en previsión de lo que pueda pasar. Es como si el intestino se dijese que hay que estar preparado, con las armas en alto, para lo peor. 

12. Aparece la certeza de que hay alimentos o volúmenes de alimento que sientan mal. Esto ratifica a la persona que sufre en la idea de que le ocurre algo meramente orgánico, y se confía sólo en la dieta para regular la afección, obviando otras soluciones que también pueden funcionar a medio y largo plazo. Pero, claro, esto puede regular, pero no eliminar las molestias ni el dolor. 

13. El cerebro localiza el dolor, y responde de manera coherente con este modelo de soluciones asociado a la respuesta vagal-dorsal: evitándolo o “tratando de no prestarle atención para hacer una vida normal”.

14. El cuerpo presiente este descuido y se sobreactiva para proteger la zona. 

15. Se siente más inflamación y más dolor. 

… Y así, volvemos al principio, en un círculo vicioso sin fin, en el que, cuanto más duele, más se evita, y más tiene que responder el cuerpo para responder a una agresión. Una agresión para la que originalmente no hay una causa orgánica, sino una emoción que no se pudo sostener o procesar. 

¿Se ve?


Imagina que tengo algo de razón. Que algo de esto sí está pasando en las personas que, como yo, sufrimos esta afección. De ser así —que igual no—, un posible tratamiento pasaría por: 

1. El reprocesamiento del trauma que dio origen a la afección, o los que puedan estar relacionados de manera directa o indirecta con él. 

2. La reeducación de los procesos de atención somática. Esto es, retomar la conexión de la atención en el abdomen, reconociendo las señales de inseguridad (molestias, dolor…), pero, especialmente con las que implican seguridad (paz, relajación, tránsito saludable, hormigueo placentero, etc.), quizás mediante técnicas de atención plena orientadas a la experiencia corporal. 

3. La incorporación de probióticos y prebióticos de manera regular, que se podrían ir descartando según vaya mejorando la afección. 

4. Quizás tomar provisionalmente medicinas relacionadas con el control de los procesos autoinmunes, tipo cetirizina, que controlan la respuesta inmunológica ante elementos o factores que no son dañinos para el sistema, pero que el sistema interpreta como un enemigo a batir. 

5. La incorporación de los familiares o figuras cercanas a la persona al tratamiento, entendiendo que los cuidados que el abdomen reactivo necesita puedens ser también proporcionados por la gente cercana a la persona que sufre: pueden poner la atención ahí y proporcionar cuidados, comunicando al intestino que “se puede relajar, porque otro está cuidando de él”. 

6. Puede servir llevar un registro de las “cosas que han pasado” para que “me pueda encontrar un pelín mejor”, considerando no sólo los movimientos que se hacen en la dieta, sino también el estrés que se padece, las estrategias de autocuidado, el reprocesamiento del trauma, y los procesos de reeducación de la atención. Seria una forma de restaurar el sentido de agencia de la persona ante su enfermedad, cosa que rara vez estimula nuestro sistema de salud. Eso sí, considerando lo que sirve a corto, medio y largo plazo, es decir, sosteniendo las soluciones intentadas para que se pueda producir la consiguiente reparación (el intestino no puede volver a corto plazo a una normalidad). 

Igual podría ser una cura… no lo sé. 

No lo sé. 

Ahora me toca escuchar. 

Lo que tengo claro, clarinete, es que hace falta una respuesta biopsicosocial. 

Gracias. 


Gorka Saitua | educacion-familiar.com

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