La calma que habíamos deseado 

[…] —Es sencillo. Yo voy a describir un estado del sistema nervioso y vosotros sólo tenéis que seguir las sensaciones que se active  en vuestro cuerpo, hasta dar con un evento que las haya detonado. […] 

—Os voy a proponer un ejercicio raro. Pero es un ejercicio que vamos a hacer sin hablar nada.  

Tanto el padre como la hija me miraron raro.  

—¿Os animáis? —pregunté sin tener ni idea de cuál iba a ser su respuesta.  

Asintieron tímidamente.  

—Es sencillo. Yo voy a describir un estado del sistema nervioso y vosotros sólo tenéis que seguir las sensaciones que se active en vuestro cuerpo, hasta dar con un evento que las haya detonado. 

—Vale —confirmó la adolescente.  

—Cuando hayáis llegado a esa situación, sólo tenéis que hacerme un gesto con la mano. Os prometo que no os preguntaré por lo que pasó, ni nada parecido. 

—Allá voy. Se siente como un puñetazo en el pecho y, de repente, la piel se queda fría —dije muy despacio—. La tendencia de la cabeza es a caer hacia abajo, como si al cuello le costará sostenerla. De repente, ha desaparecido la visión periférica y es como si estuvieras en un túnel. Es como si hubiera una pantalla entre ti y la realidad, y al otro lado transcurriera algo irreal, como una película.  

Sentí como, poco a poco, sus expresiones se iban ensombreciendo. Ella levantó la mano y, al poco rato, le correspondió su padre.  

Parecían dos estatuas mirando a través de mi cuerpo.  

—Ese lugar no es muy bueno, ¿verdad? —pregunté retóricamente, y me respondí a mí mismo:— Es horroroso. Lo más cercano en este mundo a un pozo oscuro, húmedo y frío.  

Asintieron sin mirarme.  

—Lo malo es que, cuando estamos así, normalmente tenemos la respuesta contraria a la que necesitamos, tanto por parte de los demás, como de nosotros mismos —continué—: la gente pasa de nosotros, se enfada o nos dice que hagamos algo, y por nuestra parte tampoco ayudamos demasiado. Lo normal es que nos resulte tan doloroso vernos así, tan vulnerables, que seamos muy duros con nosotros mismos. Cobarde, te tenías que haber defendido; o imbécil, te has portado como un idiota… 

—Sí —pudo reconocer ella.  

Entonces dirigí la mirada a su padre. Estuve un rato hasta que me encontré con sus ojos.  

—Quiero pedirte una cosa.  

—Dime.  

—No sabemos con qué ha conectado tu hija, pero mírala, sigue atascada en ese estado tan chungo, con el que tú también has conectado.  

Ella seguía bloqueada, arañándose las manos.  

—… me gustaría que le dijeras algo, lo que sea, con la única intención de cuidar de ella, sabiendo, como sabes, por lo que está pasando.  

Se hizo un breve silencio.  

—No le diría nada —contestó, y se me puso la piel de gallina— tan sólo le cogería la mano.  

—Hazlo, entonces.  

En cuanto posó su mano, su hija sonrió, se acomodó más cerca de él y apoyó la mejilla en su hombro.  

—¿Ves? 

—Sí, ya no está dentro del pozo.  

—¿Y tú?  

Vi cómo se le saltaban las lágrimas.  

—No lo sé… es como si nos hubiera llegado de repente la calma que tanto hemos deseado. 


Referencias:  

DANA, D. (2019). La teoría polivagal en terapia. Cómo unirse al ritmo de la regulación. Barcelona: Eleftheria 

GONZÁLEZ, A. (2017). No soy yo. Entendiendo el trauma complejo, el apego, y la disociación: una guía para pacientes y profesionales. Editado por Amazon 

LEVINE, P. A. y KLINE, M. (2017) Tus hijos a prueba de traumas. Una guía parental para infundir confianza, alegría y resiliencia. Barcelona: Eleftheria 


Gorka Saitua | educacion-familiar.com

4 comentarios en “La calma que habíamos deseado 

  1. Grace W.

    Me dejas los pelos de punta.
    Y me pregunto, ¿por qué no se hará eso en terapia, lo de dar la mano cuando alguien lo necesita? Y me respondo: porque les han enseñado que es peligroso con pacientes traumatizados. Cuanto más trauma más miedo le tienen al paciente y más paranoias se montan en torno al él. En fin, me he salido totalmente de tu tema, aunque tiene relación con los pelos de punta por la emoción de ver humanidad.
    Gracias.

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    1. Hay algo de verdad en eso de que, en algunos casos, es peligroso. Si las personas que deberían proteger son las que han causado daño, es imprudente hacer este tipo de intervenciones debido a las dinámicas tan dolorosas e incluso disociativas que activa el doble vínculo. No obstante, como puedes imaginar, éste no era el caso. Sea como sea, me hace sentir muy bien que te haya gustado. Saludos ☺️

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      1. Grace W.

        Esta claro que no me refería a que le vaya a dar la mano quien le maltrató o si siente rechazo al tacto. En aras a ser fiel a los que se dicen expertos en trauma, no se hace caso al «experto en sí mismo (el propio paciente)» y sin tener en cuenta lo que sabe que necesita, se le impone (se le niega) una forma de tratarle que le vuelve a llevar a ser «mal tratado». Me refería a eso. Se generaliza lo que se debe hacer en tal y tal caso (en aras a «no hacer daño») y solo queda cabida para escuchar al cliente «por educación», pero no para tener en cuenta y que forme parte del proceso lo que necesita y pide concretamente, contacto humano . Tu escrito me trajo a la cabeza todo eso, y un caso especialmente duro en que un cliente pedía un abrazo y no se le daba porque tenía traumas. Algo así como no querer tocar a un sidoso. Es cierto que me salí mucho del tema, pero ya que estoy, poco se habla de que no tener en cuenta lo que dice que necesita el cliente para su curación y seguir a pies juntillas los manuales: se reproduce el trauma pues por definión es pérdida de control de poder intervenir uno mismo en lo que le ocurre. Me salí totalmente del tema. Mis disculpas. Gracias por hacer reflexionar.

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