Hay un traumita abajo, en el bar… ¡¡Bob Esponja!!

[…] No recuerdo muy bien por dónde continuó la conversación. Pero sí sé, de buen grado, el orgullo que me hizo sentir. Hostia, por fin, mecagoentó, era visible a los demás. […]

No deja de sorprenderme la mala prensa que tiene el trauma en la sociedad occidental.

«Yo no tengo ningún trauma», se dice, como si la frase exculpara al emisor de una vergüenza mayor.

«Éste está traumatizado», se alega, como si dicha etiqueta situara a quien la dice en una posición de ventaja en una discusión.

Sin embargo, las y los que trabajamos acompañando a personas que sufren lo tenemos claro: el trauma forma parte de la vida, al igual que la capacidad natural del sistema nervioso para recuperarse de los golpes, e integrar con un sentido constructivo lo que pasó.

Igual se me va la pinza, pero como es mi blog y puedo decir cualquier chorrada, allá voy.

A nivel macrosistémico, el trauma cumple muchas funciones. Es decir, que beneficia a muchas personas que, directa o indirectamente, se guardarán de apostar por su erradicación.

Coño, lo que acabo de decir.

No es ningún secreto que disponemos de escasos recursos —sobre todo, públicos— para garantizar a la población unas cotas mínimas de salud mental; ni que los recursos disponibles están saturados y difícilmente pueden dar a las personas que sufren la intensidad o frecuencia del tratamiento que necesitan, ¿verdad?

Pues es paradójico, ¿no?, si lo que queremos es, en teoría, personas libres, autónomas y capaces de trabajar.

No tanto, quizás.

La cultura popular nos dice que el trauma está relacionado con respuestas caóticas, impulsivas, incapacitantes. Pero, aunque hay algo de eso, normalmente no es así. Muchas respuestas ante el trauma se relacionan con el estilo de vida aceptado e incluso potenciado en nuestra sociedad: la adicción al trabajo, las compras compulsivas, la inmersión en las redes sociales, el culto al cuerpo, la socialización con la bebida, el perfeccionismo, etc. son considerados muchas veces virtudes a emular.

Os suena, ¿verdad?

Mira qué responsable es la colega, qué nivel lleva, se esfuerza cuando otros descansan, qué tipazo, cómo sabe divertirse, todo lo hace de puta madre, yo también quiero ser así.

Es una norma; no la excepción. La protección ante el trauma es una respuesta ecológico-adaptativa a un contexto, y sólo se perpetúa si la persona y sus afines la toleran o sacan cierto beneficio de ahí. Eso no significa, claro, que no implique cierto perjuicio a medio-largo plazo, al tratarse de un funcionamiento rígido en el que la seguridad se impone a otras necesidades que también debe cubrir la persona para sentirse satisfecha, en calma o feliz.

Recuerdo una noche de fiesta. Tenía yo ventipocos años, y todavía vivía en el barrio de Atxuri, en Bilbao. Estábamos un colega y yo en un bar, y nos habíamos bebido hasta el agua de los floreros. Entonces, se me acercó un desconocido y, sin mediar saludo, me dijo:

—Oye, colega, yo quiero estar como tú.

Debí mirarle con cara rara.

—Sí, tío. Me quiero poner como tú de fuerte.

Por aquel entonces hacía mucho el bestia en el gimnasio, y estaba hecho un toraco bravo.

—No jodas, tío.

—Sí, ¿cómo lo haces?

—Espera que te saco una birra…

Buah, chaval.

No recuerdo muy bien por dónde continuó la conversación. Pero sí sé, de buen grado, el orgullo que me hizo sentir. Hostia, por fin, mecagoentó, era visible a los demás.

Lo que no sabía el tronko era que, para mí, ser visible pasaba SÓLO por ahí. Por pavonearme como La Masa, enseñando lo que TENÍA, porque me daba verdadera vergüenza que se viera lo que ERA. Qué tenía severos problemas de seducción, porque la única alternativa que contemplaba para eso, era enseñar lo que había logrado (mi cuerpo, mi saber, mis mierdas en vinagre, o yo qué sé), en vez de fluir en la conexión.

Y esto era porque mi conducta, como la de otras personas, era cojonuda de cara al público adecuado, pero también una forma de enfrentar el dolor y la vergüenza: el dolor de ser invisible, y la vergüenza de no ser importante para los demás.

Pero, lo que quiero decir con todo esto, es que ese comportamiento que en el fondo me dañaba, cumplía una función para todos los presentes. A mí, me llenaba de orgullo; al colega sin nombre, le daba la oportunidad de socializar a través de un interés en común; mi colega estaba flipando de verme orgulloso y parlanchín; y el dueño del bar encantado porque nos quedamos un buen rato allí.

Aunque todos tenían buenas intenciones, dudo que en ese contexto nadie me dijera “oye colega, que me he dado cuenta de la movida, esto te lo tienes que mirar”, entre otras razones, porque el trauma —paradógicamente— puede generar un buen clima y, aunque llama a recibir más daño, llevar la máscara de la salud.

Qué cabrón.

La movida es que este patrón sistémico parece repetirse a nivel de nuestro contexto neoliberal, donde interesa —a todos y a nadie en concreto— que la gente permanezca en su desrregulación o compulsión, instalados de manera fija en el lugar que supuestamente deben ocupar: como productores o consumidores al servicio del capital.

Y esto no es el resultado de que haya una élite chunga que lo tenga planificado, sino que es estructural. Es decir, en resultado de un ajuste complejo, en el que se satisfacen las necesidades de gran parte de la población, incluidos los sanitarios y personal de los servicios de salud mental, y que se autoperpetúa en el tiempo, como un sistema que —como si fuera un organismo vivo— tiende a la adaptación.

Entre todos lo mataron, y él solito se murió.

Como en ese cutre-bar, en el que todos estábamos encantados con mi trauma, sin verlo, sin sentirlo, sin compadecerlo, pero brindando a su alrededor.

¡Salud!


Lecturas recomendadas:

BARUDY, J. (1998). El dolor invisible de la infancia: una lectura ecosistémica del maltrato familiar. Barcelona: Paidós Ibérica

CYRULNIK. B. (2003). El murmullo de los fantasmas. Barcelona: Gedisa

GONZÁLEZ, A. (2017). No soy yo. Entendiendo el trauma complejo, el apego, y la disociación: una guía para pacientes y profesionales. Editado por Amazon

LEVINE, P. A. y KLINE, M. (2017) Tus hijos a prueba de traumas. Una guía parental para infundir confianza, alegría y resiliencia. Barcelona: Eleftheria

SCHWARTZ, R.C. (2015). Introducción al modelo de los sistemas de la familia interna. Barcelona: Eleftheria

VAN DER KOLK. B, (2015). El cuerpo lleva la cuenta. Eleftheria: Barcelona


Gorka Saitua | educacion-familiar.com

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