¡Quiero un chupete!: sobre la necesidad del objeto transicional 

[…] «¿En serio, colega?», pensé. «No has usado chupete en tu vida, ¿y lo quieres empezar a usar ahora, con 3 años medio? Anda a cagar.» […] 

Joder, tía, un chupete no.  

Me cago hasta en mis muelas.  

Sabíamos que le iba a hacer falta para enfrentar el reto de quedarse tantas horas sola en el cole. Ya sabéis, un objeto que sienta como “casita”, que le ayude a sentirnos cerca cuando se ponga triste, tenga miedo o nos eche de menos. Así que le ofrecimos elegir algo entre todas las cosas que hay en casa. Que si un peluche, una mantita, un juguete… lo que sea.  

Y ella que no. No quería nada. Erre que erre.  

Al tiempo de acudir a clase, vino pidiendo un chupete.  

«¿En serio, colega?», pensé. «No has usado chupete en tu vida, ¿y lo quieres empezar a usar ahora, con 3 años medio? Anda a cagar.» 

La cosa es que cuanto más nos negábamos, más insistía ella.  

Y cuanto más insistía ella, más rígido me ponía yo.  

—A ver, Amara, que ya no eres un bebé —le decía, atrapado por mi incapacidad para tolerar su experiencia de vulnerabilidad.  

Para mí, que usara el chupete era algo que le hacía más pequeña, vulnerable y victimizable por los demás. Es decir, que la colocaba en un lugar muy cercano al sufrimiento que había padecido yo. Y esa energía protectora era tan fuerte, tan abrumadora, que había copado el relato, impidiéndome ver otras historias —también reales— que andaban por ahí.  

Entonces, mi mujer, que es mucho más sensible que yo, me habló:  

—Oye, Gorka, ¿qué tiene de malo que quiera un chupete? —dijo—. Si es algo que le ayuda a sentirse a gusto y segura, no sé yo.  

—Ya, igual tienes razón… 

—Yo creo que le hace ilusión porque se lo ha visto a sus compañeros de clase, y quiere ser como ellos —continuó—. Igual les percibe como mayores porque llevan más tiempo en el cole y saben hacer cosas que ella todavía no puede. Es normal que quiera ser como ellos.  

¿Cómo no había sido capaz de verlo? 

Quizás me estaba protegiendo de mis propios fantasmas. Y, como siempre pasa, estaba imponiendo a mi hija mi forma de protegerme, al no poder considerar otra posibilidad; con el añadido, me cago en la leche, de que ella, por su edad y apego, no disponía ni por asomo de los mismos recursos con los que había podido contar o con los que contaba yo.  

Es decir, que le estaba metiendo una caña innecesaria que sólo estaba activando más si cabe su sistema de apego, en vez de lo que realmente deseaba: activar su sistema de exploración, para que pueda sentirse fuerte y competente en la relación con los demás.  

Decidimos comprarle el chupete y, chorprecha, empezó a llevarlo un poco mejor.  

Hasta que un día, no recuerdo por qué, acabamos discutiendo. Y ella, frustrada, empezó a llorar:  

—Quiero el chupete —gritaba—. ¡Quiero el chupete! 

Nos calmamos como pudimos.  Entonces, lo dijo: 

—Aita, dame el chupete que no quiero llorar.  

Os juro que lo sentí como una doble patada en el pecho. Con el primer golpe me di cuenta del valor que tenía el maldito chupete, no sólo como objeto transicional, sino como recurso para su regulación emocional; con el segundo, el más jodido, me hizo tambalear, porque lo que estaba diciéndome sin palabras era: “ayúdame, Aita, que sé que no te gusta y contigo no quiero llorar”.  

Le di el chupete y lloró abrazada a mí, con él puesto. Lo que no sabía es que dentro de su aita también lloraba algo que, en su día, no se pudo llorar, aliviando una gran presión en el proceso.  

Buff. 

«Así no, colega», me dije. «Así no.» 


Gorka Saitua | educacion-familiar.com 

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