Anda, ¡al sofá! | activando el estado vagal ventral 

[…] La idea era sencilla. Mientras su marido hablaba de lo que hacía, había hecho o quería hacer, sus palabras tenían un impacto directo en el estado de ánimo de ella, y eran justo estos impactos, sobre todo, cuando eran en positivo, los que nos iban a dar pistas sobre lo que necesitaba para estar mejor. […] 

Sabía que les había pasado algo muy grave, pero no parecía que estuvieran en un buen momento para hablar sobre ello. Por eso, me anticipé a su respuesta:  

—Sé que estáis viviendo un infierno, pero no os voy a pedir que hablemos de eso.  

Sentí como respiraban, aliviados.  

La parte más preocupante era el estado de ánimo de ella. Tras el golpe recibido, llevaba un mes apagada, angustiada y bloqueada. Se veían la impotencia, la desesperanza y la ausencia en sus ojos. Por eso, orienté la sesión a explorar con su actual marido los destellos —los estímulos internos o externos que conducen a una mayor seguridad e integración— que podían ayudarle a estar mejor.  

Vaya por delante que no soy ni psicólogo ni clínico, por lo que no estoy cualificado para tratar una depresión. Sin embargo, sí soy experto —cómo me cuesta aplicarme este adjetivo— en relaciones familiares, y la evidencia dice que desde casa se puede hacer mucho para mejorar la situación de las personas que sufren, especialmente si, como era el caso, la pareja está por la labor.  

Como suele ser habitual, su pareja empezó a hablar de cómo la percibía y de lo que estaba haciendo para mejorar la situación. Mientras hablaba, yo les miraba alternativamente a él y a ella. A él porque estaba siendo el interlocutor principal, y a ella para ir chequeando las transiciones entre estados de ánimo: del vagal ventral (seguridad), a la activación simpática (peligro), al vagal dorsal (amenaza) y de vuelta. Según detectaba una transición, me dirigía a ella para chequear su estado:  

—He notado que algo ha pasado dentro de ti, ¿es verdad?, ¿podrías contarnos cómo ha sido? 

La idea era sencilla. Mientras su marido hablaba de lo que hacía, había hecho o quería hacer, sus palabras tenían un impacto directo en el estado de ánimo de ella, y eran justo estos impactos, sobre todo, cuando eran en positivo, los que nos iban a dar pistas sobre lo que necesitaba para estar mejor.  

Sencillo y muy, pero que muy eficaz.  

Sin embargo, la sesión iba de culo. Habláramos de lo que hablásemos, ella permanecía en ese estado vagal dorsal, relacionado con la gravedad de los hechos y con la conexión que esos hechos tenían con acontecimientos traumáticos del pasado. Y estaba tan hundida, tan en el fondo del pozo, que apenas podía escuchar. Imagino que estaba con una sensación sentida de irrealidad y con la mente en otro lugar.  

—Somos lo puto peor —dije entonces.  

El marido dio un respingo. No se lo esperaba.  

—Fíjate cómo estamos sentados —continué—, con un reproche jocoso.  

Al llegar a la casa, les había preguntado dónde podía sentarme. La única condición era que quería tenerlos a ambos a la vista, sin necesidad de girar mucho la cabeza para atender a uno y al otro. Y, para cuidarme, me habían sentado en el sofá, de manera que estábamos los dos hombres sentados allí, cómodamente, mientras ella estaba en frente en una silla que parecía mucho más incómoda.  

—Hostia, no me jodas —negué con la cabeza—. Esto sí que no puede ser. Tú y yo aquí, de puta madre, y ella, que es quien necesita más cuidados, con el culo plano.  

Me levanté y me dirigí despacio hacia ella.  

—¡No, no, no! —protestó—. Estoy bien aquí.  

—Mis cojones bien —dije, tomándole de las manos y levantándola por la fuerza.  

Se resistía la tía.  

Pero yo estaba decidido e iba a ganar. Así que la levanté y, cuando estaba de pie mirando hacia mí, la tomé de los hombros y para su sorpresa la empujé hacia el sillón.  

Cayó de culo, junto a su marido. Entonces, cogí una manta que había al lado y la tapé.  

—Mucho mejor, ¿no? 

Él la tomó de la mano e, inmediatamente, las lágrimas empezaron a aflorar.  

Dejé que pasara el tiempo, en silencio. Por fin se había producido una transición de las buenas y no iba a ser yo quien estropeara el momento.  

«Eso es; ahí sí que estáis bien», pensé, disfrutando de que la pareja se cuidara frente a mí.  


Referencias:  

DANA, D. (2019). La teoría polivagal en terapia. Cómo unirse al ritmo de la regulación. Barcelona: Eleftheria 

BENITO MORAGA, R. (2020). La regulación emocional. Bases neurobiológicas y desarrollo en la infancia y adolescencia. Madrid: El Hilo Ediciones. 

GONZÁLEZ, A. (2020). Lo bueno de tener un mal día. Cómo cuidar de nuestras emociones para estar mejor. Barcelona: Planeta 

MARTINEZ DE MANDOJANA, I. (2017). Profesionales portadores de oxitocina. Los buenos tratos profesionales. Madrid: El Hilo Ediciones 


Gorka Saitua | educacion-familiar.com 

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