Conectar con dinosaurios 

[…] Ahora, un poco más resabido y mucho más viejo, puedo ver lo que estaba pasando. Me veo a mí mismo desde fuera, y puedo empatizar con las personas que tuvieron el deseo de ayudarme, pero no la formación o la sensibilidad que yo habría necesitado. […] 

Cuando era adolescente, las profesoras y los profesores solían sacarme de clase:  

—¿Qué te pasa? ¿Tienes algo en contra mí o contra la clase? —me espetaban. 

Yo respondía que no, que no sabía de qué me estaban hablando. Que mi cara era así. E implícitamente les decía que, por favor, me dejaran en paz y se centraran en sus asuntos.  

—Es que tienes cara de enfadado —me dijo alguno.  

«¿Y a ti que pollas en vinagre te importa?», pensaba. «No estoy molestando a nadie, vete a lo tuyo.» 

Era bueno en esto. Rara vez volvían.  

Ahora, un poco más resabido y mucho más viejo, puedo ver lo que estaba pasando. Me veo a mí mismo desde fuera, y puedo empatizar con las personas que tuvieron el deseo de ayudarme, pero no la formación o la sensibilidad que yo habría necesitado.  

Siempre digo lo mismo, pero nunca es suficiente: la naturaleza del trauma es paradójica. Las personas que sufren suelen provocar respuestas contrarias a las que necesitan, entre otras cosas, porque se encuentran pertrechadas tras sus partes protectoras.  

Las partes protectoras son como personajes que nos ayudan a evitar o enfrentar el peligro, pero que se sitúan aparentemente en las antípodas de nuestra vulnerabilidad, dando una impresión opuesta a lo que verdaderamente necesitamos.  

Hacen su trabajo de cojones.  

En mi caso, el tipo borde, cabreado, prepotente y con una desagradable autosuficiencia, ocultaba a un muchacho sensible, que se sentía un mierda al lado de sus compañeros, que eran más inteligentes, sociables y guapos. Es decir, una autoestima destruida por una profunda vergüenza, resultado, entre otras muchas cosas, del aislamiento forzado por parte de sus supuestos amigos. Pero esa realidad no se podía mostrar. Sencillamente era demasiado dolorosa. Por eso, había trincheras y cañones en la línea de costa, que no dudaría en utilizar en caso de que alguien se acercara demasiado.  

Recuerdo que, durante aquellos años, llegué a pensar que era algo así como un narcisista o un psicópata. Tenía la certeza de que le la sudaba todo el mundo, salvo yo mismo. Me creía capaz de sobrevivir en un mundo de absoluta soledad, siempre y cuando se me garantizasen las comodidades necesarias. No podía evitarlo, el mundo interpersonal era hostil, y los otros sólo estaban para dar por culo.  

Normal que no se me quisiera acercar la gente. No era precisamente un abanderado del buen rollo y el optimismo.  

Pero, ¿qué decía realmente esa actitud sobre mí? 

Últimamente estoy disfrutando de una experiencia extraña. Es como una cajita que he llevado toda mi vida en el bolsillo con la esperanza de abrirla.  

De niño no pude disfrutar de las películas infantiles. No porque nadie me las restringiera, sino porque no era capaz de dejarme llevar por la emoción que me despertaban. Cuando la ilusión, la tristeza o lo que fuera, amenazaba con desbordarme, las reprimía muy dentro, quedándome un fuerte dolor en el pecho.  

Que no se vea que eres vulnerable, porque alguien tocará sin cuidado la herida.  

El problema es que el patrón estaba tan interiorizado que no podía llorar ni siquiera estando solo. Hasta el punto de que pensaba que yo era ese bloqueo.  

Últimamente, sin embargo, lloro cada vez que mi hija y yo vemos una película. Ella se me abraza para regular lo que los personajes le sugieren o inspiran, y yo veo en cada escena cómo le cambia la cara: alegría cuando los personajes ríen, miedo cuando lo pasan mal y tristeza cuando conectan con su historia. Parece como si esas sensaciones traspasaran la piel de su pecho y me entraran justo ahí, donde estaba ese bloqueo, ablandando los tejidos y permitiendo que las sensaciones fluyan.  

No es extraño que los dos acabemos llorando. Ella por la película, y yo por todas las sensaciones que me perdí en mi fortaleza de metal frío.  

Joder con “El vieje de Arlo”, menudo hostión me ha dado.    

«Quizás no sea tan psicópata», me dije ayer. «Igual me definen mejor todas esas sensaciones que reprimí, y que siempre estuvieron aquí, conmigo.» 

No tienen ninguna culpa. Sé que no era fácil, y que parecía justo lo contrario. Pero ojalá esas profesoras y profesores lo hubieran sabido.  


Referencias:  

DANA, D. (2019). La teoría polivagal en terapia. Cómo unirse al ritmo de la regulación. Barcelona: Eleftheria 

GONZÁLEZ, A. (2017). No soy yo. Entendiendo el trauma complejo, el apego, y la disociación: una guía para pacientes y profesionales. Editado por Amazon 

SCHWARTZ, R.C. (2015). Introducción al modelo de los sistemas de la familia interna. Barcelona: Eleftheria 


Gorka Saitua | educacion-familiar.com 

2 comentarios en “Conectar con dinosaurios 

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