Los segundos lugares  

[…] Ahí andaba yo, danzando, haciendo siempre lo mismo, tratando de mantener su atención simulando algo parecido a lo que prometen los folletos de viajes, para no defraudarles. Anestesiado con el reconocimiento y los mensajes bonitos, pero sin profundidad. […] 

Hace unos años, antes de ser padre y madre, viajamos a la isla de Santorini. Allí se encuentra uno de los pueblos donde, al parecer, puede verse una de las mejores puestas de sol del mundo.  

Todavía hoy me recuerda la que monté. Que menuda mierda de sitio, que está saturado de gente, que es más bonito desde al lado de casa y que, anda, vámonos.  

Pa darme de hostias con un palo gordo, digo yo.  

A no ser que ande trompa, detesto las multitudes. Me saturan, me ponen nervioso y activan en mi mente un letrero de neón en el que dice “exit”, que me invitan a salir por la escalera de incendios a coger aire y pum, bomba de humo, desaparcer.  

Esta pequeña discapacidad se compensa con una sensibilidad especial hacia esos “segundos lugares”, que no tienen fama, pero que se pueden disfrutar un día cualquiera en calma y soledad.  

Hace unos pocos días, en un arranque de tristeza, volví a una calita de piedras en la que solía pescar y marisquear con mi abuelo. Mucha gente diría que no tiene nada de especial, pero allí desemboca un pequeño riachuelo en el que, a veces, se pueden ver anguilas. Era un sábado por la tarde, hacía relativamente bueno, y estábamos sólo un tío que recolectaba gusanos para la pesca, y yo. Allí, sentado en una piedra y con el aroma del mar despejándome las vías respiratorias y la mente, pude llorar.  

«Siempre serás el mar. Y esa playa a la que me llevabas, dónde me dejabas libre, cazando cangrejos y quisquillas.   

Siempre serás el mar, y no esa tumba que evito por miedo a encontrarme con demasiados fantasmas, ninguno de los cuales eres tú.  

Serás el agua que refresca, las olas que mecen mi cuerpo y alivian tensiones, y esa presión agradable en los oídos me sumerjo con ganas.   

Serás el mar que amabas, cargado de vida que no se ve, como tú llenaste de vida mi armadura de hierro con amor a los que están sufriendo.   

Serás el mar que es para siempre y perdura más allá de todos nosotros. Y, gracias a ti, quizás, sólo quizás, pueda ser yo también ser mar para mi mujer y mi hija, cuando la llama se extinga, y ya no pueda aliviar las del calor del verano o de los nervios de un mal día.   

Ojalá te hubiera dado las gracias alguna vez por haberme regalado el mar y, con él tu eternidad y una vida. Una vida cargada de lugares y recuerdos en a los que me gusta volver, ahora acompañado por Amara.   

¿Sabes? Eres el mar. Un mar de lágrimas, pero un mar con vida.   

Un mar que sigue siendo igual de real.»

Qué buenos momentos tengo yo aquí.

No se puede estar triste rodeado de demasiada gente. O, al menos, no me resulta posible a mí, sobre todo si toda esa gente se vuelve hacia mí y espera que haga algo inteligente o mágico que difícilmente vaya a llegar. Y sin tristeza no hay conexión de la güena, de la de verdad.  

Ahora, igual, intuyes por dónde van los tiros, ¿no?  

Mi cuerpo me ha dado un aviso. Gritando a pleno pulmón. Para, hostiatiová, que esto no es para ti. He sido capaz de escucharlo y, lo que es más importante, sostener la atención. Y ahí, justo ahí, donde más duele, he captado un mensaje que parece cierto porque ha calmado en seco gran parte de mi angustia y ansiedad.  

Llevo demasiados años en Santorini, siendo yo esa puesta de sol que no puede fallar, porque ahí están todas y todos los turistas esperando, bocata en mano, a hacerse un selfi y volverse de espaldas a continuar con su vida, que es muy bonita y está muy bien tal y como es. Y ahí andaba yo, danzando, haciendo siempre lo mismo, tratando de mantener su atención simulando algo parecido a lo que prometen los folletos de viajes, para no defraudarles.  

Anestesiado con el reconocimiento y los mensajes bonitos, pero sin profundidad.  

Sin la profundidad que tienen esos segundos lugares, cargados de significados de gente invisible, que va y viene, pero que se para a sentir, a sentirse, y a llorar. Pequeñas historias pero que marcan un lugar y un tiempo en su vida, no con un selfie, sino con el trazo amoroso de un pincel que se detiene con gusto a saborear el fresco de ese mar.  

Cosas de gente pequeña en lugares pequeños, donde se huele la naturaleza y algo en el aire nos deja ir, que nos refresca para permitirnos estar.  

Un mar que quiero transmitir yo también, con el mismo gusto que me transmitió mi abuelo y parecida profundidad.  

¿Sabré hacerlo? 

Por ahora, he dado un primer paso. Un paso atrás.  


Gorka Saitua | educacion-familiar.com

2 comentarios en “Los segundos lugares  

  1. Amparo Sanchez Alegre

    Tenía varias entradas retrasadas porque se me había atascado el correo.
    A veces, hay que escucharnos y dar un paso atrás. Me resultaba más fácil comentarte en redes pero sigo aquí.
    Yo no te seguía para hacerme un selfie, sino porque aprendo un montón contigo y se podía debatir, comentar, y crecer. Muchas gracias por tanto.
    También me haces plantearme cosas desde aquí. Quiero profesionalizarme en el acompañamiento a padres adoptivos, me he formado para ello, y tengo mi experiencia vital como «pasaporte» pero a la hora de plantearlo con un mentor emprendedor, parece que tengas que ser esa puesta de sol en Santorini y tener presencia continua y constante en redes, hacer lanzamientos, publicar videos….y los sitios turísticos tampoco van conmigo, prefiero las zonas rurales donde hay poca gente….ya veremos que pasa.
    Un abrazo gigante.

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    1. Es verdad, Amparo. Es más fácil relacionarnos por las redes sociales. Pero, en este momento de mi vida, necesito que me lo pongan un poco difícil para no saturarme con el exceso de información. Siento de cerca lo que dices. A veces, se esperan determinados roles de nosotros que no nos hacen bien.

      Te agradezco de corazón lo que me dices y la mirada que pones en mí, pero ya sabes que en redes sociales vendemos una imagen que no es del todo real. Y en eso no soy ninguna excepción. De hecho, es justo esa disonancia cognitiva uno de los factores que me han hecho huir de allí. Estaba siendo como un veneno para mí.

      Abrazo grade y suerte en tu aventura 💪

      Me gusta

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