La narrativa del trauma y las historias subyugadas 

[…] No sé si tendrá otro nombre, pero yo llamo narrativa del trauma a las características del discurso que bloquea a las personas y las familias, imponiéndoles la sensación de que nada va a cambiar por muchos esfuerzos que se hagan. […] 

Antes de conocer a las familias con las que trabajo, hago una cosa un poco loca. Elaboro un genograma con la [poca] información que tengo, y hago un breve relato en relación a cada uno de los participantes:  

  • ¿Cómo reaccionan? 
  • ¿A qué amenazas se tuvieron que enfrentar de niñas o niños? 
  • ¿Cómo podrían conectar esas amenazas con los sucesos a los que se enfrentar ahora? 
  • ¿Cómo se protegen? 
  • ¿Qué reacciones puede suscitar esas formas de protección en el resto? 
  • Y sabiendo esto, ¿qué podría ayudarles a sentirse un poco más seguros? 

«La madre se activa excesivamente hacia la lucha, porque cuando su hijo desobedece siente que no es importante, y necesita restablecer por la fuerza la sensación de que se le tiene en cuenta y, por tanto, es válida. Repite así, con su hijo, el patrón que le ayudó a protegerse como hija de un padre y una madre ausente, que se cría en el contexto de sus abuelos maternos; unas personas entregadas, pero a quienes les desbordó la situación familiar, caracterizada por el conflicto con unos padres que envidiaban la mirada que recibían por parte de su hija. Esta reacción desproporcionada, provoca un bloqueo en el hijo, que siente que nada puede hacer para protegerse de las agresiones de su madre porque interpreta que “se ha vuelto loca”, y que nada puede hacer para hacerle sentir en calma o segura. Por tanto, con la madre resulta esencial elaborar ese sentimiento de vergüenza, que pasa por sentirse invisible, vulnerable e impotente en un mundo de adultos; y con el adolescente trabajar en relación a la idea de que su madre no está respondiendo a lo que él hace, sino a aspectos sin elaborar de su propia historia.» 

Lo hago con el informe de derivación, o con la información extraída de la primera entrevista, cuando he trabajado mi consulta privada.  

Algunos diréis que menuda ida de pinza. Que, oye pavo, no sabes nada de la familia y ya estás sacando conclusiones. Que, ojo coleguita, que las apreciaciones que hagas ahora van a condicionar las interpretaciones que hagas en el futuro.  

Razón no os falta. Es un poco peligroso. Pero hay un peligro que me preocupa todavía más: ser absorbido por la narrativa del trauma.  

No sé si tendrá otro nombre, pero yo llamo narrativa del trauma a las características del discurso que bloquea a las personas y las familias, imponiéndoles la sensación de que nada va a cambiar por muchos esfuerzos que se hagan.  

La narrativa del trauma tiene una serie de características pegajosas:  

Es autorreferencial. Las personas tienen la sensación de que lo que el resto hace, y les duele tanto, tiene que ver con ellas, y no con lo que activan las otras personas para protegerse.  

Retroalimenta la vergüenza. Provoca automáticamente un reflejo vagal dorsal, que devuelve a la persona la sensación sentida de que no puede hacer nada para evitar la situación (es impotente) y, en consecuencia, no es suficientemente importante o valiosa para enfrentar los acontecimientos.  

Impone una división entre buenos y malos; víctimas, agresores y salvadores. Cuando esa vergüenza es insoportable, porque cuestiona lo más íntimo y profundo de la identidad, lo natural es que se vierta fuera y se proyecte como una característica de terceros, a lo que se atribuye toda la responsabilidad del dolor (el agresor). Pero la impotencia sentida lleva a la necesidad de que intervenga otra persona (el salvador) como único recurso sentido para salir del agujero.  

Está orientada al propio sufrimiento, y a los hechos que lo han causado. Es decir, excluye del juego a la mente de los demás, que puede leerse a la vista de cómo funciona y reacciona la propia. Este hecho es crucial, porque la seguridad de las personas, en gran medida, se basa en nuestra capacidad de interpretar y predecir la mente del resto y, en consecuencia, su comportamiento. Por eso, esa ausencia de mentalización alimenta, más se cabe, la desconfianza, que está en la base de esa sensación de que el mundo es inseguro, peligroso o amenazante.  

«Si lo vemos desde el punto de vista de la misma madre, la sensación sentida es de que su hijo desobedece o no hace caso para subsanar su autoridad, lanzándole en mensaje de que lo que diga “se la suda”, siendo la sensación sentida de la más absoluta vergüenza como madre: no me hace caso, no soy importante, no soy nadie. Yo soy la víctima, él el agresor como lo fue su padre, y mi actual pareja debe actuar contra él para restaurar el equilibrio y protegerme. Déjate de tonterías, hay que hacer algo ya para revertir esta situación, que es insoportable.» 

Digo que son características “pegajosas”, porque son coherentes entre sí, y hacen el discurso muy creíble. Y si nosotros, que nuestra función es ayudar, nos empapamos de esa narrativa, sólo podemos contribuir a sostener las dificultades y los problemas.  

Porque, ¿qué pasaría si entramos en ese discurso? 

Por eso me obligo a hacer un análisis hipotético previo, a sabiendas de que probablemente me confunda y se me vaya la pinza. Porque el mero hecho de tener ese trabajo hecho, me protege de enactuar o, lo que es lo mismo, llegar rápidamente a un equilibrio con las personas con quienes trabajo que les deje a ellas y ellos en el mismo lugar, y a mí con la sensación de que aporto un pimiento.  

Alguien estará pensando que cuidado con las hipótesis, que pueden imponer nuestros criterios a las personas y familias. Yo no temo a las hipótesis. Surgen de manera natural en la interacción humana, y son un indicador de que la mentalización está funcionando. El problema es cuando no podemos siquiera formularlas, o interactuamos con las personas con la certeza de que dichas hipótesis se corresponden con la realidad de las personas a quienes atendemos. Esa rigidez es la que debe ponernos en guardia, porque habla de que nuestro sistema ha colapsado, y hemos activado formas de protegernos que a ellas y ellos no les ayudan en nada.  

A partir de ahí, nuestro trabajo es ayudar a las personas a permanecer en su ventana de tolerancia. Y desde allí, poco a poco, ir rescatando dos elementos clave: la capacidad para mentalizar, es decir, de representar y sentir la mente del otro; y las narrativas subyugadas, a saber, las historias que no se pueden ver porque han quedado eclipsadas por el trauma.  

Pero, claro, sin olvidar nunca que sólo tenemos acceso a hipótesis y, como tales, sólo podemos formularlas.  


Lecturas sugeridas:  

DANA, D. (2019). La teoría polivagal en terapia. Cómo unirse al ritmo de la regulación. Barcelona: Eleftheria 

DANGERFIELD, M. (2017). Aportaciones del tratamiento basado en la mentalización para adolescentes que han sufrido adversidades en la infancia. Cuadernos de psiquiatría y psicoterapia del niño y del adolescente. SEPIPNA, nº 63.    

GONZÁLEZ, A. (2017). No soy yo. Entendiendo el trauma complejo, el apego, y la disociación: una guía para pacientes y profesionales. Editado por Amazon 

PITILLAS, C. (2021). El daño que se hereda. Comprender y abordar la transmisión intergeneracional del trauma. Bilbao: Descelee de Brouwer 

WHITE, M. y EPSON, D. (1990). Medios Narrativos para fines terapéuticos. México: Paidós 


Gorka Saitua | educacion-familiar.com 

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