Envenenar un abrazo

[…] se trata de un traje que se les impone, y que ellas y ellos no han elegido; y que es algo que tiene más que ver con nosotras y nosotros, que con lo que son o pueden ser ellas y ellos. […] 

Las psicólogas y psicólogos psicodinámicos llaman “investidura narcisista” a los atributos que las madres y padres proyectamos en nuestras hijas e hijos para reconocerles como parte de nuestra sangre, en el sentido más positivo.  

Bueno, imagino que no lo definen así, pero es como yo lo entiendo.  

Me gusta el término “investidura” porque, en efecto, es como si les pusiéramos un vestido para verlos válidos y guapos; y no me mola tanto lo de “narcisista” porque en el lenguaje popular tiene significados peyorativos, tales como violento o egoísta. Pero, de lo que no cabe ninguna duda, es de que se trata de un traje que se les impone, y que ellas y ellos no han elegido; y que es algo que tiene más que ver con nosotras y nosotros, que con lo que son o pueden ser ellas y ellos.  

Este proceso es algo natural. No tiene nada de malo, siempre y cuando se realice en condiciones óptimas. Las madres y padres sanos son capaces de ver en qué medida están viendo en las pequeñas y los pequeños lo que necesitan ver, y dónde están los atributos que les diferencian y que realmente les estimulan y definen.  

Viendo dibujos animados con mi hija he descubierto que le encanta el baile. No sé de dónde ha sacado la afición, dado que ni su madre ni yo hemos tenido nunca especial interés por eso. Somos como dos tablas rígidas, que a duras penas se sueltan a hacer el imbécil al segundo cubata; pero a ella parece que le va en la sangre: disfruta enormemente viendo a Pocoyó bailar e imitando sus movimientos.

No es ninguna exageración decir que las niñas y niños, especialmente en las edades más tempranas, sólo pueden reconocer los rasgos de su carácter que ven reflejados, para bien o para mal, en la mirada de sus progenitores. Es la conocida máxima de que lo que no se ve, y no se nombra, difícilmente existe. El orgullo, que es el verdadero antídoto contra el trauma, sólo se puede ir desarrollando en conexión con personas que disfrutan con lo que uno es, sin pretensiones de ningún tipo.  

A mi hija le encanta llevarme la contraria y hacer pequeñas travesuras. A menudo, jugamos a que le digo una cosa y ella hace lo contrario: 

—Te tengo dicho, Amara, que no me pises nunca, nunca, la cabeza —le digo mientras me tumbo en la cama boca arriba.  

Ella viene, se sube con ambos pies en mi frente, y se parte de la risa.  

Su padre, orgulloso de niña rebelde; y ella disfrutando como una loca de ser la “más mala” del mundo entero: una verdadera pirata.  

Así, viendo reflejados nuestros rasgos en una mirada significativa, es como se desarrolla el orgullo y, en consecuencia, la resiliencia. 

El problema es que, a veces, el trauma interfiere en estos procesos. Entra como elefante en una cacharrería.  

Lo primero que hace el trauma es cambiar el foco de atención, y situarlo sobre el peligro o la amenaza sentidos. Es la forma que tiene el cuerpo de evitar el daño, o prepararse para afrontarlo.  

En los procesos en los que interfiere el trauma, las niñas y niños, no pueden sentir ese orgullo, porque las personas mayores mantienen la mirada puesta en otro sitio. De repente, es como si no los vieran, como si no existieran. Se coartan, obstruyen y paralizan casi todos los procesos de resiliencia.  

Para Marta, o más importante era que su hija fuera bien en los estudios. Yo respetaba su criterio. A fin de cuentas, sus argumentos eran válidos; pero había algo que me rechinaba. Demasiada atención y carga emocional sobre eso.  

Lo que hizo saltar mis alarmas fue su actitud cuando su hija suspendió la primera asignatura.  

—Estoy convencida de que lo hace para llevarme la contraria —me dijo, muy tensa.  

Este “lo hace para mí” o “lo hace por mí”, es decir, el autorreferencial, es uno de los indicadores clave que sugieren la existencia de trauma. 

Explorando la propia escolaridad de la madre, descubrió que sus propios padres, la presionaban para que estudiase amenazándola con la expulsión, es decir, con echarla de casa. Su experiencia era de profunda angustia y soledad, justo lo que estaba reproduciendo en su hija.  

Al preguntarle qué trato le habría gustado recibir en esos momentos, pudo llegar a expresar rompiéndose que, al menos, le hubieran permitido seguir en su equipo de baloncesto, porque ahí era donde le iba la vida. 

En los casos más graves, el trauma domina por completo la relación entre progenitores, hijas e hijos. La relación se tiñe con el miedo. Y no hay nada peor para una familia, que las relaciones en las que todas las partes se sienten amenazados o en peligro. En estos casos, tal y como cuenta a la perfección @Carlos Pitillas Salvá (2021), en su último libro, se produce un proceso curioso. Voy a ponerle un nombre: “la investidura proyectiva”. Así, con un par de huevos.  

Hablamos de “investidura proyectiva” —en contraposición a esa “investidura narcisista”, más benevolente— cuando hay partes de nosotras y nosotros mismos que no aceptamos, y que volcamos, con todo su horror y fealdad, en nuestras hijas e hijos:  

—A ver, Amara, estate quieta —le dije, forcejeando para clocarle un pañal.  

Ella se agarró a mi cuello.  

—Que te estés quieta, cooooño —insistí, cada vez más alterado.  

Se abrazó a mí, moviendo las piernas.  

—¡A ver! ¿Pero qué te pasa? —grité—. Cojones.  

Terminé de colocarle el pañal, y la até en la silla del coche. Al poco tiempo de iniciar el camino de vuelta, tuve un flechazo de tristeza.  

“Pero qué mierda has hecho, Gorka”, de dije. “Ella estaba tratando de calmarte con un abrazo, de la forma como que tú mismo le has enseñado, y tú sólo le estabas devolviendo pura violencia”. Maldita sea tu estampa, tontolculo.  

Quizás su padre tenga un poco de doble vínculo con la autoridad. Por un lado guay que se desafíe, pero por el otro ojo cuando el desafío ocurre en mal momento.  

Esta vez lo pillé pronto. Paré el coche en cuanto pude, la bajé, y le dije que quería hablar de algo importante con ella:  

—No te mereces que te haya tratado así... —empecé a decirle.

A veces, percibimos a nuestras hijas e hijos como una amenaza al ver en ellos un reflejo de nuestras partes exiliadas (Schwartz, 2015) que son aspectos de nuestra personalidad que protegen, pero que nos devuelven una imagen que no nos gusta de nosotras y nosotros mismos. Y verlos teñidos de eso que repudiamos nos lleva tratar de ejercer algún tipo de control sobre lo que son, tratando de modificarlos.  

En este extremo la situación se vuelve especialmente peligrosa. Porque a las niñas y niños, especialmente si son pequeñitos, sólo les queda dos opciones: o aceptan la mirada que se les impone y, en consecuencia, que son feos, inválidos o malos, o se rebelan contra el progenitor que los mira de esa manera desconectado de él en menor o mayor grado.  

Si vemos ahora los abrazos que me daba mi hija, podemos ver también que su padre los estaba envenenando: al no enfadarse conmigo, estaba aceptando la mirada que yo le estaba proyectando.

Como imaginarás, tomar conciencia de estos procesos es muy doloroso. Lo normal, es que se active en nosotros mucha culpa y mucha vergüenza. Sin embargo, todas las madres y todos los padres estamos, en mayor o menor medida, afectados por el trauma, y somos vulnerables ante ellos.  

La buena noticia es que la mejor de las soluciones no pasa por ser perfectos. Como siempre decirnos aquí, unos progenitores perfectos son una faena, entre otras cosas, porque no permitirían a las y los pequeños ser ellos mismos. Lo mejor es apostar por una mayor conciencia y por la reparación, cuando nos hayamos salido del tiesto.  

Parar el coche y sentarnos junto a las flores en un apeadero. Desojar dos margaritas mientras, con mimo y con cuidado, les decimos que nos hemos equivocado. Que ese enfado o esa mierda que se han comido no iba con ellos. Que ahora, más tranquilos, estamos dispuestos a dedicarles el tiempo y la atención que necesiten, hasta que puedan volver a sentir ese orgullo que les habíamos arrebatado.  

Que haremos lo posible por cuidar de nuestras heridas, para que no tengan que cargar ellos también con ellas.  


Referencias:  

PITILLAS, C. (2021). El daño que se hereda. Comprender y abordar la transmisión intergeneracional del trauma. Bilbao: Descelee de Brouwer 

SCHWARTZ, R.C. (2015). Introducción al modelo de los sistemas de la familia interna. Barcelona: Eleftheria 


Gorka Saitua | educacion-familiar.com

Un comentario en “Envenenar un abrazo

  1. Pingback: Envenenar un abrazo — educación familiar – Gerardo Luna

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