Hipótesis de piedra e hipótesis de agua: hacia la regulación ventral 

Cualquiera de nuestras hipótesis deja de tener sentido cuando deja de estar al servicio de la curiosidad. 

Cualquiera de nuestras hipótesis deja de tener sentido cuando deja de estar al servicio de la curiosidad.  

Hemos aprendido, por activa y por pasiva, que nuestras hipótesis profesionales —es decir, las posibles explicaciones de la conducta humana— son, principalmente, una forma de acceder a “la verdad”. Que nuestro trabajo consiste, en gran medida, en ser rigurosos en nuestra investigación, para conocer qué está pasando en la mente humana y en las relaciones, para intervenir con la certeza de que vamos a causar un bien.  

Buen toreo, Manolete.  

No sé muy bien en que se arraiga esta idea. Quizás tenga algo que ver con el complejo que tenemos las y los profesionales de humanidades, de ser menos listos que los de ciencias; con nuestra necesidad de control; o con la metáfora que nos lleva a interpretar el dolor como una herida y el síntoma como una enfermedad, que nos lleva a asumir el modelo médico como criterio de excelencia.  

La curiosidad no sólo es un reflejo de lo que llamamos estado VAGAL VENTRAL, es decir, esa sensación de calma y seguridad que nos permite acceder a todos nuestros recursos; sino que también es un DESTELLO que lleva a las personas a sentirse así, no sólo en plenitud de sus facultades, sino con la voluntad de emplearlas en beneficio de las y los demás. Es, junto con la compasión, lo que retroalimenta la activación del SISTEMA DE COMPROMISO SOCIAL.  

Sea como sea como sea, creo que ha llegado el momento de transcender esa ideología. Porque lo que parece que empieza a contar la ciencia, y viene siendo avalado por la experiencia en el mismísimo barro, es que uno de los factores que marca la diferencia entre el éxito y el fracaso en los procesos de acompañamiento, es la curiosidad sostenida hacia la propia mente y la mente de los demás.  

«—Hostia. Espera, ¿me lo puedes repetir? —dije, con cara de tonto.  

Se me quedó mirando. Creo que no sabía qué pensar.  

—Te lo pido por favor —continué—. Acabas de decir algo que no cuadra con mis esquemas, y me he quedado pescando. Y mucho me temo que he estado muy equivocado.  

Le cambió la cara. Si antes tenía los ojos abiertos, la mandíbula apretada, y la frente constreñida; de repente se le percibía aliviado, sereno, seguro. Y yo, igual.  

—Mira, sí, Gorka, te voy a contar…» 

No digo yo que las hipótesis ni sirvan para nada. De hecho, pienso que es muy importante hipotetizar y hacerlo bien. Así es como nos acercamos a la realidad de las personas, tratando de entender qué hay detrás de su actitud y su comportamiento, representando su mente en la nuestra, resonando con las sensaciones de su cuerpo, y dando cabida a sus buenos motivos y a ellas y ellos mismos en nosotros como sujetos con valor; pero GENERAN DAÑO cada vez que se fijan en nuestra mente, anulando nuestro deseo de ver lo pequeño, lo bonito y lo profundo que hay en los demás.  

Hoy mismo escuchaba a un compañero —que sabe mucho, muchísimo más que yo— hipotetizar sobre un fenómeno social. Repito: hipotetizar sobre un fenómeno social. Suena raro, ¿verdad? Pues no sé yo, pero meter a toda una comunidad, un grupo o un colectivo, en una sala y aplicarles reglas de la mentalización es bastante osado, cuando no irresponsable por el daño que se puede causar.  

Que, vale, yo también lo he hecho alguna vez. Pero eso no quita que sea una burrada como un piano de cola, ¿no crees? 

De alguna manera, existen hipótesis de piedra e hipótesis de agua. Las de piedra pesan a las personas a las que acompañamos, y las de agua fluyen sobre ellas, refrescándolas, dándoles escalofríos, y dejándoles una sensación de limpieza que permanece como lo que es: la ESPERANZA de revivir una experiencia tan amable, y la confianza en que, en algún lugar del mundo, pueden existir otros seres humanos que miren igual.  

Así que, nada, toca ser muy prudentes con nuestras hipótesis, trabajar activamente para que sean flexibles y vayan modificándose por el camino, sesión tras sesión. Puede ser un cambio brusco, repentino o radical; o algo que tenga que ver con su contenido o profundidad; pero cada vez que modificamos nuestros prejuicios, estamos haciendo un favor a las personas con quienes trabajamos —muchas veces afectadas por trauma o trauma complejo— permitiéndoles confiar más en sí mismas y, en paralelo, en la experiencia con los demás.  

Y ya sabéis. Si en algún momento pierdes la curiosidad, ojito, ojete, porque quizás también hayas perdido por goleada la capacidad para mentalizar.  

Si todavía queda espacio para la revolución, seguramente pasa por humanizar la intervención familiar.  


Referencias:  

DANA, D. (2019). La teoría polivagal en terapia. Cómo unirse al ritmo de la regulación. Barcelona: Eleftheria 

PITILLAS, C. (2021). El daño que se hereda. Comprender y abordar la transmisión intergeneracional del trauma. Bilbao: Descelee de Brouwer 

PORGES, S.W. (2017) Guía de bolsillo de la teoría polivagal: el poder transformador de sentirse seguro. Barcelona: Eleftheria 


Gorka Saitua | educacion-familiar.com 

3 comentarios en “Hipótesis de piedra e hipótesis de agua: hacia la regulación ventral 

  1. Anónimo

    muchas gracias Gorka. Una pregunta. La teoría polivagal hace referencia a los mecanismos que tenemos de activarnos o desactivarnos ante los peligros? sería el marco general dónde la podemos encuadrar? gracias.

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  2. Resumo aquí una aportación de un compañero, F. Javier Aznar Alarcón. Lo he entendido así:

    Quizás tengamos que hablar también de hipótesis gaseosas. Son aquellas que tenemos los profesionales y que las personas a las que atendemos no pueden comprender o aceptar, y que nos distancian de ellas y de su experiencia, creando dificultades en nuestra vinculación.

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