Sobre el diálogo entre el tigre y el conejo

A veces, para recibir lo que necesita, el sistema nervioso necesita recurrir al pasado y reparar lo que sigue abierto.

Dibujé dos siluetas bastante cutres que representaban el cuerpo de un adulto y un niño:

—Mira —dije—. Éste eres tú, y el pequeño tu hijo.

—Vale.

—Ahora que estás conectado con la experiencia que viviste con él, vamos a dibujar dónde se está activando tu cuerpo.

Tomó el bolígrafo y dibujó un punto gordo en medio del pecho.

—¿Hay alguna otra zona que notes activa?

—Sí, la frente.

Y la señaló también en el dibujo.

—Vale. Hasta aquí lo fácil —le reté—. Ésta es tu experiencia y, tal y como hemos ido viendo, sabemos que condiciona tu percepción de las relaciones y del mundo. ¿En qué “animal” estarías?

Utilizamos animales para representar los diferentes estados del sistema nervioso.

—En el tigre, sin duda.

—Vale. El tigre. El tigre ve tigres allá donde mira…

—Es verdad —respondió casi aliviado.

—Pero ahora, que estás menos activado, podemos distinguir mejor entre tu experiencia y la de tu hijo, ¿verdad?

—Eso espero.

—Pues nada. Vamos con él —le animé—. Porque él seguramente estaba teniendo una experiencia diferente a la tuya. ¿Cómo crees que estaba su cuerpo?

Se quedó pensando un rato. Claro, es que cuesta. Tras unos minutos, acercó el bolígrafo al papel y dibujó una bola gorda en su estómago.

—El estómago.

—Sí.

—¿Y te gustaría señalar algún sitio más?

Se quedó mirando al aire. Al poco rato, coloreó las piernas del monigote, justo a la altura de los muslos.

—¿Algo más?

—Creo que no.

—Vale, perfecto —concluí—. Y si te pregunto ahora en qué animal estaba, ¿qué dirías?

—El conejo.

—A mí también me estaba resonando lo mismo.

Nos quedamos un ratito callados.

—Y, ahora que sabes en qué estado estaba, ¿qué crees que necesitaba?

—No lo sé…

Pasó un buen rato, y repitió:

—No lo sé, Gorka.

—¿Recuerdas la experiencia que me has contado antes? —me aventuré a preguntar.

—¿La de mi padre en mi partido de baloncesto?

—Sí.

Se le humedecieron los ojos y se echó las manos a la cara.

Sin haberlo pretendido, me había narrado antes una historia en el que su padre era el tigre, y él el conejo.

—¿Qué necesitaste tú entonces? —dije mientras lloraba—. Sería bonito que tanto tú como tu hijo pudierais disfrutarlo.


* Relato basado en experiencias reales.


Referencias:

DANA, D. (2019). La teoría polivagal el terapia. Cómo unirse al ritmo de la regulación. Barcelona: Eleftheria

PORGES, S.W. (2017) Guía de bolsillo de la teoría polivagal: el poder transformador de sentirse seguro. Barcelona: Eleftheria

SIEGEL, D. y HARTZELL, M. (2012). Ser padres conscientes. Barcelona: La Llave


Gorka Saitua | educacion-familiar.com

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