Desobediencia, estados del sistema nervioso y respuesta de protección

¿Por qué desobedecen las niñas y los niños? Depende del estado en el que estén. 

¿Por qué desobedecen las niñas y los niños?

Me gusta la palabra DESOBEDECER. Mucho más que decir “no obedecer”. No obedecer denota carencia, mientras que la desobediencia es una acto y, como tal, sugiere que hay cierta motivación detrás: una o varias razones, impulsos o necesidades que se satisfacen en el ACTO de desobedecer. 

Los adultos tenemos algo parecido a una relación de DOBLE VÍNCULO con la desobediencia. La detestamos en las niñas y los niños, porque nos coloca en un compromiso y nos reporta cierta sensación de incomodidad, cuando no nos hace sentir que peligran o que se ve amenazada nuestro autoestima como madres, padres o como la autoridad fuerte que siempre hemos querido ser. Pero, a la vez, nos gusta sentirnos autónomos y competentes para guiar nuestras vidas según en código pragmático o moral que hayamos elegido, además de tener la sensación de que, tomando nuestras propias decisiones, nos podemos cuidar y proteger. 

Qué gusto, ¿eh?

Así, la desobediencia es algo bueno y malo a la vez. Tócate el ojete. Esto es profundamente DESESTABILIZADOR, porque el criterio que es bueno ahora, en breve puede no servir. No es extraño que las niñas y los niños acaben hasta las narices de nosotros y nuestra incoherencia, y que muchas veces opten, sanamente, por hacer las cosas a su pedo, sin dar explicaciones que les puedan perjudicar o, simplemente, enloquecer. 

Sea como sea, si pillamos a alguien por la calle de 30 para arriba, y le preguntamos qué motivos tienen las niñas o niños para desobedecer, probablemente nos encontremos con una respuesta así: 

«Porque quieren salirse con la suya.»

«Porque prefieren vaguear.»

«Porque no quieren asumir su responsabilidad.»

O algo mucho peor. Vete tú a saber. 

Apuesto a que más del 75% de sus respuestas tienen que ver con algo que hacen MAL

En mi trabajo, cuando observo que una niña o un niño (o adolescente) desobedece, suelo preguntarle qué le ha llevado a hacer las cosas así. Automáticamente se excusan, se ponen rígidos o se quieren escapar, imagino que intuyendo que les va a caer la del pulpo por parte de este señor [muy] mayor. Si insisto en preguntar cuáles han sido sus BUENOS MOTIVOS para desobedecer, casi nunca atinan a responder, quedándose en un vacío que espero, pueda alimentar su curiosidad. 

Porque sí, al igual que las personas adultas, las niñas y los niños tienen buenos motivos para mentir. Pero algo en nuestras miradas de reproche, en nuestros castigos, o en nuestro desprecio, les llevan a negarse a sí mismos esta parte tan importante de la realidad. Es como si estuvieran anclados a una NARRATIVA ÚNICA, en la que la desobediencia es un monstruo contra el que hay que luchar cuando, quizás, muchas veces, el monstruo somos nosotros, que nos empeñamos en negarles la única forma que tienen de protegerse o de afianzar su autonomía o libertad. 

Pero vamos a intentar responder a esa pregunta, ¿no?

¿Por qué desobedecen?

O, mejor, la reformulamos un poco. De manera que no se note, pero de forma radical: ¿PARA QUÉ desobedecen?

Y lo que es mejor, ¿DESDE DÓNDE tendemos a responder?

La TEORÍA POLIVAGAL nos dice que hay 3 estados básicos en el sistema nervioso: la seguridad, el peligro y la amenaza:

Por SEGURIDAD (vagal ventral) entendemos ese estado en el que nuestro cuerpo se encuentra en calma, sin sensaciones perturbadoras, y en disposición de todos o casi todos sus recursos, de manera que podemos prestar atención sostenida a la tarea, objetos y personas, coordinar medios y fines, sentir curiosidad por el entorno y compasión al resonar con los estados anímicos de los demás. Es decir, estamos conectados, con la sensación de que somos parte de una manada extensa que nos protege, a la que protegemos y en la que podemos confiar: está activado el sistema de COMPROMISO SOCIAL

En este estado, en el que cuidamos instintivamente y nos podemos dejar cuidar con placer, hay buenos motivos para mentir, por ejemplo: 

«No quiero hacer daño a las personas a quienes quiero.»

«Necesito hacer valer mi criterio, porque sé que es lo correcto.»

«Igual hago daño a alguien, pero evito a otra persona un mal mayor.»

«Igual me la cargo, pero sé que alguien se va a beneficiar de mi acción.»

«Necesito pertenecer a mi grupo de iguales.»

«Voy a hacer las cosas a mi manera, porque siento que está bien.»

Etc. 

Sobre los 10 años, mis padres me empezaron a dejar ir solo a misa. Yo odiaba ir a misa. Ni me gustaba, ni le veía sentido, ni quería ir. Pero, para ellos, era algo importante, así que tenía que ir. 

Llegando a la parroquia, me encontré con un hombre pidiendo en la calle. Tenía la pinta de ser muy pobre, y estar en una posición especialmente vulnerable. Pasé de largo, y luego retrocedí. Por un momento me quedé pensando. Llevaba 500 pesetas para el cepillo, pero pensaba que, sin ellas, no podía entrar. No sé, cosas de niños, ya sabéis; en mi cabeza sólo se podía entrar en la iglesia si había dinero que aportar. 

A tomar por culo. Le di al hombre las 500 pesetas, y no entré en la iglesia. Me quedé escondido por allí, no vaya a ser que me vean escaqueándome. Recuerdo sensaciones extrañas. Por un lado, la culpa, la adrenalina y lo prohibido; y por otro lado la sensación sentida de orgullo por haber hecho las cosas bien. 

Cuando llegué a casa, me preguntaron qué tal, y yo dije que, psssaa, aburrido, pero bien. 

La paradoja es que creo que nunca habría dicho la verdad. Se trataba de una experiencia sumamente intensa e íntima, que no estaba preparado para compartir. Quizás, hablaba de mí bien a unos niveles que todavía mi historia no me permitía aceptar. 

Expresarlo me podría haber lanzado fuera de mi VENTANA DE TOLERANCIA, en un momento en el que ni necesitaba ni me quería desbordar. 

Bueno… pero ése es sólo un ejemplo. Algo con lo que ilustrar ese tipo de DESOBEDIENCIA VAGAL VENTRALque, en muchas ocasiones, ayuda a DIFERENCIARSE y crecer. A ir orientando la vida por nuestros propios caminos e ir integrando un SENTIMIENTO DE VALÍA independiente a lo que vemos en nuestras figuras de referencia. 

Nuestra autoestima crece especialmente bien en los trayectos que nosotras y nosotros hemos decidido recorrer. 

Sin embargo, cuando hablamos de PELIGRO (activación del sistema nervioso simpático), nos referimos a la aparición de un estímulo externo o interno doloroso, pero ante el que sentimos que nos PODEMOS PROTEGER, bien huyendo o luchando. 

Cuando nos sentimos en peligro, el cuerpo se carga de energía, y la atención se sale de nuestro cuerpo y de los demás, para SONDEAR el entorno en busca de los indicios de la agresión que podemos sufrir. Nuestra percepción del mundo cambia por completo y, sin antes nos sentíamos parte de esa manada amable, blandita y que reportaba calor, ahora nos sentimos solos en un bosque oscuro, fangoso y repleto de zarzas, en el que cualquier sonido y cualquier imagen se intuye la silueta de un depredador. Así que la espalda se tensa para recibir los golpes, las piernas se cargan para salir por patas, y los brazos se endurecen para golpear fuerte, acertadamente y bien: 

«Voy a hacer lo que me salga del coño.»

«No te lo pienso contar porque sé cómo te vas a poner.»

«Me estás volviendo loco, así que por mis cojones morenos voy a asumir el control.»

Etc. 

Recuerdo todavía compungido cómo lloraba un adolescente con el que trabajé. 

—No sé que me pasa, Gorka —decía cuando podía tomar algo de aire—, no lo puedo evitar. 

Se metía en peleas y, luego, se percataba de que había hecho daño a su madre y a su hermano, a quienes quería un montón. 

—Te juro que, cuando digo que no quiero hacerlo, lo digo de corazón —repetía—. Pero es normal que nadie me crea, porque siempre vuelvo a fallar. 

La historia de este chico con su padre había estado caracterizada por el abandono intermitente, esto es, por periodos en el que su padre estaba como figura de salvador, y periodos en los que le rechazaba con la esperanza de que reflexionara y cambiara su forma de ser. Para él, vincularse no era sinónimo de seguridad, sino de la posibilidad de ser abandonado de nuevo, sintiendo la vergüenza por sentir que no estaba a la altura de cualquier tipo de relación. 

No es de extrañar que prometiera imposibles que, sabía, no iba a cumplir. O que se fuera de madre, haciendo justo lo contrario de lo que le decían que tenía que hacer. 

Así, por un instante al menos, sentía que era bueno y que lo iba a hacer bien, pero a la larga le reportaba niveles tóxicos de autoexigencia, que le llevaban a desbordarse y hacer cualquier cosa para pertenecer. Y, con 15 años, y sin sentir que tenía valor, ese autoestima sólo se podía alimentar en broncas y peleas a través de las cuales, al menos, podía ser visto y tenido en cuenta por sus iguales, aunque a la larga le dejaran de respetar. 

Sea como sea, una respuesta de lucha o huída, no depende de la elección de nadie, sino de los procesos deNEUROCEPCIÓN, o lo que es lo mismo, de la configuración de cómo nuestro cerebro inconsciente interpreta el contexto en busca de señales de peligro, amenaza, o seguridad, condicionado, especialmente, por las EXPERIENCIAS PREVERBALES que tuvimos, o de las que pudimos carecer. 

Pero hay una tercera opción. Otro estado del sistema nervioso del que difícilmente nos solemos percatar: el de la AMENAZA (vagal dorsal). Es decir, el bloqueo que se activa, bien cuando el daño es inminente y no nos podemos proteger o cuando, hagamos lo que hagamos, vamos a salir malparados. 

«Sin más», dicen muchas veces las y los adolescentes, ¿verdad?

Pues, a menudo, detrás de ese «sin más», está la sensación sentida de que digan lo que digan la cosa va a ir mal. Si dicen la verdad, nadie les va a entender; pero si mienten habrán fallado a las personas a las que quieren, o sea, que chungo también. 

Sin embargo, menudo reaccionamos con rabia o desprecio, atribuyéndoles a ellas o ellos toda la responsabilidad. Pero, ¿por qué es tan frío conmigo? ¿qué me quiere ocultar? ¿pasas de todo, o qué?

O ése, «sí, sí, ya lo voy a hacer», vacío y desprovisto de emoción que, según escuchamos, nos pone en alerta porque sabemos que no se va a cumplir. 

Sea como sea, el estado de amenaza se siente francamente mal. A menudo, aparece una sensación fría en la piel, porque la circulación periférica se restringe y redirige a los órganos vitales, el cuerpo se deja de sentir, aparece cierta sensación de irrealidad o despersonalización, y la mente se DISOCIA de la experiencia, volando hacia un lugar más amable y seguro donde se pueda refugiar. Pero la sensación que queda después es de indefensión absoluta, y de ser no ser suficientemente bueno por no saber reaccionar bien. 

«No entiendo lo que pasa, pero pinta muy mal». 

«Haga lo que haga, me voy a megahostiar.»

«Me dices una cosa con las palabras, y otra cosa con el cuerpo. No sé a qué me debo atener.»

«Me estás trasladando una imagen de mi mismo que no puedo soportar.»

La cosa es que, en este reflejo de thanatosis se bloquean la mente, las emociones, la empatía y la comunicación. Y aparece una respuesta débil, desconectada, de supervivencia, que difícilmente puede satisfacer a un interlocutor situado en un estado del sistema nervioso en el que sea posible la actividad. 

Pero no es voluntario. Es que sólo puede ser así. 

Las peores experiencias de nuestra vida suelen situarse aquí, como para que venga un adulto ofendidito, con sus sermones y moralinas, a hacernos sentir peor. 

Y, para complicar más las cosas, muchas veces no está claro qué estímulo es el que ha desatado esos ESTADOS DEL SISTEMA NERVIOSO, porque ese gatillador NO ESTÁ ALLÍ. Está en otro lugar en el espacio y el tiempo, muy lejos, pero conectado con alguna imagen, sensación, evento, que ha disparado el automático de la protección. 

Sea como sea, hay una cosa que quiero decir, y una pregunta que quiero formular. 

Es muy importante activar la CURIOSIDAD sobre los estados del sistema nervioso de las niñas y los niños, para comprender de cerca y compasivamente qué les ha llevado a mentir, o cuál es la necesidad que con ello necesitan satisfacer. 

Sin ese marco de referencia, profundo y fiable, poco podemos hacer. 

¿Estaba sintiéndose segura, en peligro o amenazada? 

¿Qué BUENOS MOTIVOS caben ahí?

Y por último, toca retomar la pregunta sobre la RELACIÓN que nosotras y nosotros, como NIÑOS HERIDOS por la incomprensión de nuestros adultos hacia nuestros buenos motivos para desobedecer y mentir, que son dos caras de una misma moneda, porque ¿cómo reacciona nuestro cuerpo cuando las pequeñas, pequeños y jóvenes se pasan por el forro nuestros consejos o nuestras órdenes? ¿Qué pasa cuando nos mienten?

Porque, si lo llevamos mal, no tiene tanto que ver con ellos, sino con algo dentro de nosotros que duele y todavía está pendiente de resolver. Y sólo si actuamos desde la nuestra propia seguridad podemos acompañarles de nuevo hacia allí, para que se sientan parte de esa manada de gente buena en la que da gusto confiar. 

Al turrón, ¿no?


Referencias: 

DANA, D. (2019). La teoría polivagal el terapia. Cómo unirse al ritmo de la regulación. Barcelona: Eleftheria

PITILLAS, C. (2021). El daño que se hereda. Comprender y abordar la transmisión intergeneracional del trauma.Bilbao: Descelee de Brouwer

SIEGEL, D. (2014). Tormenta cerebral. Barcelona: Alba Editorial


Gorka Saitua | educacion-familiar.com

3 comentarios en “Desobediencia, estados del sistema nervioso y respuesta de protección

  1. virginia

    Muchas gracias Gorka por este artículo, enhorabuena por conectar conceptos (algunos para mí tan complejos) con tanta claridad.
    Aprovecho para darte las gracias por tu blog, me inspira siempre en el trabajo con familias!

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  2. Anónimo

    ¿Es muy descabellado suponer que lo mismo ocurre cuando obedecen mucho?
    En ambos casos, interesante y complejo preguntarse sobre la obediencia.
    Gracias por tus reflexiones que invitan a nuevas reflexiones

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