“Necesito un padre que no se enfade”

[…] A la vuelta, me la encontré saltando la manguera, feliz, canturreando repitiendo: «necesito un padre que no se enfade, necesito un padre que no se enfade…». […]

Casi me caigo de culo. 

La había dejado un rato en el patio, regando las plantas, y había aprovechado para ir a hacer un pis. A la vuelta, me la encontré saltando la manguera, feliz, canturreando repitiendo: «necesito un padre que no se enfade, necesito un padre que no se enfade…».

Y ahí estaba yo, mirando la escena, con la boca abierta, sin saber si reírme o sentirme el peor padre del mundo; en una ambivalencia total. 

¡Necesito un padre que no se enfade!

¿Pero qué cojones es esto?

A ver, que sí, que algo de razón lleva. No seré yo quien lo niegue. A fin de cuentas, soy la persona adulta que más se enfada con ella. Pero ese NECESITO, así, en gordo, me taladró el alma. 

Oye, ni que estuviera cabreado todo el día, niña moñas. Me pico y no respiro. 

Un par de noches después, grabamos un cuento. Le ayudé un poco, pero le dejé la iniciativa a ella. Por supuesto, se llamaba “necesito un padre que no se enfade”:

Trata de una niña, que se llama Amara, que tiene un plato de comida. Y se le cae. Su padre se enfada con ella, y se pone triste. Entonces dice y repite “necesito un padre que no se enfade”, activando la magia de un conjuro. Y gracias a ese conjuro, su padre no se puede enfadar. 

Entonces, al padre le pasan un montón de faenas. Se cae, se “raspa” y se hace una herida, pero no se enfada. La niña le coge un ojo y lo rompe, y no se enfada. Se le rompe la camiseta —ese día llevaba yo una camiseta con agujeros—, y no se enfada. Se queda sin barba y no se enfada. Se le rompe el bigote y no se enfada. El culmen es cuando la niña, en el mundo real, pone el culo en la cara a su aita —al de verdad— y este le dice, oye, que no me pongas el culo en la cara; y la niña responde “qué asco” y se parte de risa, sin ser capaz de dar el último giro al cuento.

Yo creo que se descojonaba porque hice como si me enfadara con ella. Y eso le encantó. Igual, yo que sé, porque pudo acercarse a otras experiencias más desagradables, pero con la seguridad de que no iba a pasar nada. 

Sea como sea, no me enfado mucho con ella, pero tampoco me reprimo demasiado. Si le tengo que decir, oye, guapa, para, que te estás pasando, lo digo con el tono de voz que me sale, sin impostar nada. Y lo hago con conciencia de que es lo que mejor nos sienta. Porque, ese tono de voz brusco, hosco, un poco agresivo, en plan oye, tía, por ahí no pasas, marca la diferencia entre ir en serio o estar jugando. Además, me permite a mí mantenerme en contacto con ella y con la vida, a pesar de lo que esté pasando y, si me paso un poco o 5 pueblos —que a veces me pasa— tengo energía para darme cuenta de lo que he provocado y reparar el daño. 

Porque el riesgo en nuestra relación no es el enfado, sino acabar desconectados. 

Decía en un artículo anterior que, a menudo, es mejor un grito seguido de un perdón, que una respuesta de manual desconectada de la vida. Los niños se protegen mejor de un enfado o una injusticia, que de nuestros deseos de perfección encarnados en una respuesta perfecta. 

«Aita, eres malo.»

«Aita, has ido injusto conmigo.»

«Jolín, Aita, yo tenía razón.»

«No me entiendes.»

Son momentos que duelen a ambos, pero que también permiten la DIFERENCIACIÓN y la AUTONOMÍA. Porque es justo la IMPERFECCIÓN de las madres y los padres, la que motiva a las niñas y los niños a buscar respuestas y lo que necesitan fuera. Es decir, a hacerse una vida propia. 

Porque si Aita es malo, igual trato de ser mejor que él, o de buscar la comprensión que necesito en otras personas.

Si Aita ha sido injusto conmigo, igual opto por reclamar lo que me corresponde con más fuerza. 

Si yo tenía razón, probablemente busque argumentos para convencer a los míos. 

Y si no me entiende, igual busco la forma de que otros se hagan partícipes de mi versión de los hechos.

Claro que, para que las niñas y niños puedan sacar partido a nuestros errores e iniciar su propio camino, necesitan nuestro PERMISO. Un permiso que no se otorga con palabras, sino a través de las experiencias de REPARACIÓN que puedan disfrutar con nosotros, y de nuestra confianza en que su sistema nervioso cuenta con RECURSOS suficientes para elegir un buen camino. 

Entonces, es como si dijéramos, vale, cariño, me he equivocado. Tenías razón y confío en tu criterio. Y ellas y ellos empiezan a andar, seguros de sí mismos, porque por un instante son más validos y poderosos que su madre o su padre. 

¡Toma empujón del bueno!

Pero da igual lo que yo diga ahora. Tenemos una historia al rededor de nuestros errores que nos dificultan hasta el absurdo verlos y sentirlos como una oportunidad para el desarrollo. Vivimos en un mundo en el que los adultos tienen que cumplir una función por encima de cualquier otra: delimitar el camino que van a seguir sus hijas e hijos, imponiendo su criterio. Por eso nos genera tanta inseguridad que nos cuestionen, o que funcionen a su pedo, cuando en realidad están haciendo algo tan sano como dirigir SU VIDA según SU PROPIO CRITERIO.

Y, si se equivocan, [a menudo] da igual. Al menos, habrán sentido algo de SEGURIDAD e INICIATIVA en el proceso. 

Porque, ¿qué se activa en tu cuerpo cuando conectas con un error que hayas cometido con tus hijas o hijos? ¿cuándo sentiste por primera vez algo parecido?

No lo sé, igual tiene algo que ver con madres y padres angustiados, abrumados por la culpa, que llevaban mal que siguieras tu propio camino. 

Así que, nada, Amara. Esta vez estabas equivocada. 

Te jodes, cariño. 

A ti lo que te pasa es que QUIERES un padre que no se enfade. Claro, como yo, y como todo el mundo. Pero lo que NECESITAS es uno que se enfade bien, a gusto, pero que sepa darse cuenta de que la ha cagado, y no dude en reparar el daño que ha hecho. Es una forma de darte permiso para ser tú misma y, quizás, que no caigas en las trampas en las que sigo atrapado. 

Búscate las tuyas. Que éstas están ya ocupadas. 

Besito grande. 


Referencias: 

PITILLAS, C. (2021). El daño que se hereda. Comprender y abordar la transmisión intergeneracional del trauma. Bilbao: Descelee de Brouwer

SIEGEL, D. y HARTZELL, M. (2012). Ser padres conscientes. Barcelona: La Llave


Gorka Saitua | educacion-familiar.com

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