Fantasmas en la oscuridad

Sobre la gestión del miedo infantil, y alcanzar cotas de seguridad nuevas.

Desde que he descubierto que a mi hija le encanta ir en bicicleta, soy más feliz.

Y no es una exageración, oye. Es que así lo siento.

Ella va encantada, viendo el paisaje y localizando animalitos.

—Mira, Aita, un caballo —me dice, como si hubiera encontrado un tesoro.

Entonces, paramos, e intentamos darle un poco de hierba. Y si se acerca y come, es la pera.

Pero, esperad. Voy al tema, que me desvío.

La cosa es que ahora, en invierno, los días son muy cortos, y a menudo vamos por zonas oscuras. La bici tiene luz, pero a duras penas alumbra el suelo bajo las ruedas.

—¡Uyuyuyyy! ¡Que viene lo oscuro! —le advierto.

—Da mucho miedo —responde, a veces riendo.

Cuando está oscuro, cambian las cosas:

—Mira, Aita, ¡un fantasma! —suele gritar.

—¡Es verdad! —digo yo, siguiéndole el rollo—. Es de color…

—¡Blanco!

—¿Y hace?

—¡Uhhhhhhh!

Y así todo el rato.

Lo que yo quería decir es que, a veces, pasamos mucho tiempo a oscuras, y ella nunca ha mostrado miedo. De hecho, parece que espera con ilusión esos momentos, en los que el mundo cambia, y la imaginación se desborda por completo.

Porque no sólo ve fantasmas. La oscuridad está llena de lechuzas, duendes y murciélagos, que hacen “ja-ja-ja-ja” porque una vez le hizo gracia un vídeo.

El miedo a la oscuridad es atávico, instintivo. Es algo que los seres humanos llevamos dentro. Por eso, estoy convencido de que lo siente, pero a unos NIVELES TOLERABLES. Lo siente, porque hay una motivación para explorar lo desconocido, lo “peligroso”, a través de la imaginación y el juego. Y es a niveles tolerables, seguro, porque se ve su función ejecutiva a pleno rendimiento: juega, imagina y ríe, sin la necesidad de huir ni sufriendo un bloqueo.

Ahora bien. Imaginad qué pasaría si la dejara en el suelo, y desapareciera en la oscuridad, dejándola ahí un ratito solita.

No hace falta que diga nada, ¿verdad?

Daría igual que le explicara que volvía pronto, que no hay ningún peligro. Para ella sería abrumador, como si se la llevasen DE VERDAD los demonios.

Porque el miedo no es tanto el resultado de la experiencia, como de la ACTITUD y GESTIÓN DE LA DISTANCIA por parte de las personas adultas.

Gestionamos francamente mal el miedo de las niñas y los niños. Su miedo es algo que NOS ATERRORIZA, y nos lleva a hacer las cosas a lo burro.

«Tiene que hacerlo sola.»

«Que vaya, que ya se acostumbrará.»

«¿No ves que lo que sientes es una tontería? No pasa nada.»

«A ver, hazlo así y así, que es la forma de que no te pase nada chungo.»

No me digáis que no. A veces, damos un repelús que te cagas.

Para que una niña o un niño pueda enfrentar el miedo, y se lleve la sensación de “hostia que sí, sí que puedo”, tienen que concurrir algunas circunstancias. Primero, que el miedo NO SEA ABRUMADOR. Porque si lo es, y entra en modo bloqueo, apaga y vámonos, sólo queda proteger y apartar del peligro sentido. Segundo, que esté el adulto de confianza disponible para refugiarse, a modo de BASE SEGURA, es decir, atento a su experiencia. Y el tercero, que ahora igual parece obvio, es que se RESPETEN SUS TIEMPOS. La exploración requiere analizar la situación, chequear el peligro, regular el sistema nervioso y tomar la decisión de enfrentar esa realidad, y eso necesita tiempo.

Hay otra cosa que nos pasa, y no creo que sea una experiencia sólo nuestra.

La cosa es que Aita es un poco cabezón, y le gusta que su hija se tire por los toboganes chungos. Así que, cada vez que veo uno, le animo.

—Mira, Amara, qué guapo, ¡puedes tirarte! —le digo.

Rara vez me hace caso. Lo normal es que se de media vuelta y busque otra cosa que le interese, en otro sitio. Y ese otro sitio, igual es una pared o un árbol que se puede escalar donde, sin duda, corre más peligro.

Pero, a ella, le imponen más respeto algunos toboganes. Y seguro tiene algo que ver conmigo, y con mi insistencia.

Porque, cuando animamos a una niña o una niño, a veces, se traslada un doble mensaje. Hay parte que va con las palabras («puedes hacerlo») y otra parte va codificado a través de nuestra actitud y el cuerpo («es un reto formidable, a ver si puedes hacerlo»), y las niñas y niños responden sólo ante el último, siendo especialmente sensibles a lo que les estamos transmitiendo.

«Venía con miedo. Y ahora tengo miedo y angustia por saber que tengo que enfrentar el reto. No quiero decepcionarte pero es que ¡no puedo!»

Animar no siempre ayuda a dar un paso hacia delante, sobre todo, si se trata de niñas y niños pequeños.

Así que muy poquito, por favor, de tirar o empujar hacia el peligro. Eso sólo bloquea la exploración y activa más miedo. Son ellas y ellos quienes tienen elegir sus retos y, cuando quieran y puedan, saltar del puente, confiando en la calidad de la cuerda. Una cuerda que eres tú, y que permanece ahí, bien atada, firmemente asegurada y quieta.

Porque, si se tiran, la sensación de logro va a ser inmensa. Aunque se dejen la garganta, gritando durante la caída, el rebote e incluso estando quitos. A fin de cuentas, lo habrán conseguido.

—Mira, Aita, un fantasma —dice.

«Y yo solita estoy pudiendo con este miedo.»


Referencias:

BERASTEGI, A. y PITILLAS, C. (2018). Primera alianza: fortalecer y reparar los vínculos tempranos. Barcelona: Gedisa

PORGES, S.W. (2017) Guía de bolsillo de la teoría polivagal: el poder transformador de sentirse seguro. Barcelona: Eleftheria

SIEGEL, D. (2012). El cerebro del niño.  Barcelona: Alba Editorial


En este blog «caminamos a hombros de gigantes». La mayor parte de las ideas expuestas se basan en nuestra bibliografía de referencia.

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Autor: Gorka Saitua. Soy pedagogo y educador familiar. Trabajo desde el año 2002 en el ámbito de protección de menores de Bizkaia. Mi marco de referencia es la teoría sistémica estructural-narrativa, la teoría del apego y la neurobiología interpersonal. Para lo que quieras, puedes ponerte en contacto conmigo: educacion.familiar.blog@gmail.com

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