El trauma como un perrito bravo al que apetece cuidar

Una de las cosas que más me preocupan del discurso predominante sobre la adopción, es la concepción del trauma como una herida que hay que sanar.

Hoy en día no lo haría. Pero tengo que reconocer que fue una jugada maestra.

Cuando me presentaron el caso, lo vi claro. La niña había sido etiquetada por todos los servicios, e incluso por su familia, como un “trastorno del apego”. Y esa etiqueta lo impregnaba todo.

Si la niña se mosqueaba y se rebelaba, era porque tenía un trastorno. El diagnóstico explicaba desde su fracaso escolar, a los sucesos más importantes de su historia personal. Y lo que es peor, todas las soluciones pasaban por “entregarla” a profesionales que la “supieran tratar”.

Así que, ni corto ni perezoso, ideé un plan.

Y tengo que reconocerlo, fue desde la más pura estrategia, saltándome algunas normas que tengo firmemente instauradas en mi ética profesional.

Así, por mis huevos morenos.

Ya me preocuparía de reparar después.

Diseñé tres sesiones iniciales, en las que fingiría ser un experto en relaciones de apego. Le dije que iba a revisar el diagnóstico que habían hecho otros profesionales, a la luz de mis propias competencias, porque había una serie de cosas que no entendía.

—Es que hay cosas que no me cuadran —mentí, con la pose del mismo Freud su hubiera vuelto a la vida—. Por ejemplo, tu hija a veces funciona de manera integrada. Puede hacer planes y cumplirlos, tratar bien, y estar un buen rato centrada en sus cosas. Eso es incompatible con la etiqueta que le han puesto.

Ja-ja-ja.

Perdí tres sesiones rellenando formularios, escalas y entrevistas estructuradas que no me servían para nada y, al terminar, solté la perla que llevaba guardada en la manga:

—Pues mira, la información que he ido recogiendo es concluyente: todo apunta a que tu hija no tiene un trastorno del apego, sino un apego desorganizado —dije—. Seguramente, la psiquiatra ha tenido que ponerle ese diagnóstico para justificar la medicación o el acceso a determinados servicios.

Previamente, claro, psiquiatría y yo nos habíamos coordinado. En la próxima consulta, ella trataría con la madre el mismo tema. Hacíamos la misma valoración.

—Un “trastorno del apego” implica una estructura muy rígida, difícil de cambiar —expliqué—. Sin embargo, un “apego desorganizado” es algo mucho más flexible a la respuesta del entorno. Hacer este diagnóstico me va a permitir confiar en que mi trabajo va a funcionar.

No os podéis imaginar el impacto que esta devolución tuvo sobre toda la familia. En tres meses, la estructura se había flexibilizado y, sobre todo, había aparecido una esperanza maravillosa que lo impregnaba todo, y que me ayudaría muchísimo a trabajar.

Cuando tuvimos algo de confianza, revelé mi truco. Creo que necesitaba el perdón por engañar.

—Qué cabrón, Gorka —me reprochó con cariño—. Me la metiste doblada. Pero menos mal que lo hiciste, porque sin ello estaríamos todavía fatal.

Repito. No aconsejo jamás este tipo de intervenciones. Estoy hablando de un error profesional, que no por ser mío es menos grave. Intevenciones tan osadas y, además basadas en la mentira y la manipulación, son reprobables técnica y éticamente. No tienen ninguna justificación. 

Una de las cosas que más me preocupan del discurso predominante sobre la adopción, es la concepción del trauma como una herida que hay que sanar.

Está tan extendida que yo también la uso.

Esta metáfora, extraída del entorno sanitario y de la psiquiatría clásica, no ayuda demasiado a las familias a las que debo acompañar. Si bien es fácil de entender, y ayuda a las personas afectadas a no sentirse señalados como inútiles, caprichosas o malvadas, está basada en los viejos parámetros sobre la enfermedad mental. Esto es, el trauma como algo que hay que cubrir, medicar o extirpar. Y lo que es peor, como algo que debe definir el tratamiento que a esa persona se le va a dar.

Y da igual que los profesionales hayamos superado esa concepción del diagnóstico, porque los padres y madres adoptantes no lo van a poder integrar. La cultura del contexto es demasiado poderosa para trascenderla con nuestras palabras.

La alternativa es ver el trauma desde una perspectiva relacional, esto es, como un desajuste entre partes protectoras, que no se pueden corregular.

Por ejemplo, en el caso que nos ocupa, estaba bastante claro.

La niña, adoptada tardíamente en Europa del este, se protegía del sentimiento de abandono, entre otras cosas, a través de la complacencia, autosuficiencia, el rechazo, que cursaba con largas escapadas del entorno familiar. Cosa habitual en alguien que no puede tolerar el sentimiento de abandono.

Pero esas actitudes protectoras, tenían también un impacto en su madre. Una mujer que se había criado sola, con una madre especialmente estricta, para la que sólo valía cumplir con el deber; con un padre periférico, que jamás había sabido estar; y con un hermano destrozado, que reclamaba la poca atención que estos padre podían ofrecer. No era de extrañar que ella, también, se protegiera activando la distancia, el sentimiento del deber y su parte más racional.

En esta díada se ve claro. El trauma no es cosa de la niña, sino del ajuste de estrategias protectoras a nivel relacional. Porque, cuando la niña activaba la distancia como diciendo «no me voy a vincular porque sé que voy a sufrir», la madre activaba el reproche, lanzándole indirectamente el mensaje de que era una desagradecida: «con lo que yo me esfuerzo no sé cómo me puedes tratar así». Y claro, eso imponía una distancia que era el anticipo de que de que «me vas a dejar». Se iniciaba así una escalada simétrica, en la que ambas medían sus fuerzas, una activando la distancia y otra en sacrificio, hasta que la cuerda se rompía y la niña escapaba, buscando el calor de la calle, donde otros adultos perversos —hombres, claro—, e aprovechaban de ella, prometiéndose precisamente el lugar y el afecto que había ido a buscar.

Vaya por delante que no niego la experiencia interna y corporal del trauma, ni la necesidad de que este se afronte directamente por parte de una figura terapéutica profesional. De hecho, estas intervenciones son imprescindibles cuando hablamos de trauma complejo. Sin embargo, no podemos olvidar que el trauma se expresa y se sana en un contexto relacional. Y que la intervención prioritaria, en gran parte de los casos, sobre la regulación emocional del entorno familiar. Porque las niñas y niños afectados por trauma complejo necesitan, por encima de otra cosa, una respuesta empática, firme y sensible a sus necesidades cuando más vulnerables son.

Y no les vale cualquiera. Deben ser las personas en las que desean confiar.

Por eso, propongo cambiar la metáfora. Dejar de percibir el trauma como una herida, y empezar a concebirlo —tal y como me propuso una vez Adelaida Navaridas— como un perro de presa al que, entre todos, podemos tratar bien y calmar.

Porque lo que necesita el trauma no es tratamiento, sino sentirse seguro en un contexto en el que sienta que nadie le va a causar daño. Así, ese perro poderoso, fuerte, valiente, y que quiere y busca algo bueno para su dueño, podrá echarse y dormir.

Qué gustito verle así.

Dan ganas de echarse junto a él.

¿Lo ves?

Referencias:

BARUDY, J. y DANTAGNAN, M. (2009). Los buenos tratos a la infancia: parentalidad, apego y resiliencia. Barcelona: Gedisa

CYRULNIK. B. (2003). El murmullo de los fantasmas. Barcelona: Gedisa

GONZALO MARRODAN, J.L. (2015). Vincúlate: relaciones reparadoras del vínculo en niños adoptados y acogidos. Bilbao: Descleé de Brouwer

LEVINE, P. A. y KLINE, M. (2017) Tus hijos a prueba de traumas. Una guía parental para infundir confianza, alegría y resiliencia. Barcelona: Eleftheria

PORGES, S.W. (2017) Guía de bolsillo de la teoría polivagal: el poder transformador de sentirse seguro. Barcelona: Eleftheria

SCHWARTZ, R.C. (2015). Introducción al modelo de los sistemas de la familia interna. Barcelona: Eleftheria


En este blog «caminamos a hombros de gigantes». La mayor parte de las ideas expuestas se basan en nuestra bibliografía de referencia.

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Autor: Gorka Saitua. Soy pedagogo y educador familiar. Trabajo desde el año 2002 en el ámbito de protección de menores de Bizkaia. Mi marco de referencia es la teoría sistémica estructural-narrativa, la teoría del apego y la neurobiología interpersonal. Para lo que quieras, puedes ponerte en contacto conmigo: educacion.familiar.blog@gmail.com

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