El precio de ignorar a la infancia

«Pégame, pero no me hagas sufrir más.» Es el lamento de tantas y tantos niños ignorados, que no saben por donde salir. 

Hay un patrón de interacción muy frecuente que, hoy, sabemos que causa daño: IGNORAR a las hijas e hijos, bien para que reflexionen y entren en razón, para “extinguir su conducta”, o para castigarles —con la indiferencia— por algo que han hecho mal.

Hasta hace poco, se vendía incluso como una estrategia de disciplina positiva. Rollo, mira, qué bueno soy que no le pego, sólo lo ignoro.

Vale. Premio nobel de la paz.

Vamos a empezar por lo fácil.

Tan sólo piensa, por un instante, cómo gestionas que te ignore alguien a quien quieres. Porque mucho me temo que no lo haces del todo bien.

Lo habitual, es que actives la distancia afectiva o, si estás en una postura de dependencia, que trates, por todos los medios de retomar esa relación de la que depende tu seguridad. Y ambas estrategias, por mucho que te repitas lo contrario, no te dejan bien.

La primera, porque activa más si cabe la distancia con esa persona. Es como si, de repente, os convirtierais en dos bloques de hielo que se separan en la mar. Con el añadido de que en ambos permanece un calor interno, que os lleva a la fatalidad.

Se va desarrollando así, una actitud proyectiva. Las personas van aprendiendo que los conflictos se “resuelven” activando la rigidez, la frialdad y atribuyendo la culpa —y por tanto, la responsabilidad— a los demás.

La segunda, porque te deja en una posición de inferioridad que te impide expresar lo que sientes, o afirmar que se te ha tratado mal. Porque, en estos casos, priorizar la relación implica aceptar que se te trate mal, con el componente añadido de que, si se repite esta interacción lo suficiente, acabarás sintiendo que tú eres poco más que un problema con el que la otra persona no debe de cargar.

Pues mucho peor es cuando eres niña o niño, porque cuentas con menos recursos, y estás en una posición de dependencia ante las personas que más te pueden causar daño.

De hecho, no es extraño que muchas niñas y niños ignorados provoquen la hostilidad del la persona aldulta, como una forma de que cese la TORTURA. Porque un adulto que pega, a menudo, se libera y se arrepiente, retomando así el lugar y la conexión afectiva que necesitan para sobrevivir. 

«Pégame, pero no me hagas sufrir más.» Es el lamento triste de tantas y tantos niños ignorados, que no saben por donde salir. 

Ya sabes, las niñas y niños no odian a sus padres, sólo se dejan de amar.

En todo esto, hay una cosa clara: que ignorar a las niñas y niños, no habla de lo que estos han hecho, de un criterio educativo, sino de las estrategias que el adulto puede activar para gestionar su propio dolor emocional.

Vale, la cosa es más compleja, pero este formato no da para más.

Sea como sea, cuando una niña o un niño sufre sólo, aprende a ignorarse a sí mismo. A omitir lo que siente focalizando la atención en los demás. Esto tiene graves implicaciones en su desarrollo, y en la TRANSMISIÓN INTERGENERACIONAL del su sufrimiento. Porque, cuando se activen las mismas sensaciones de abandono y soledad, tenderá a dar por supuesto que la solución está exclusivamente en el contexto o en los demás.

Eso explica que muchos adultos de hoy —que en el pasado fuimos tratados así— entremos en conflictos, sin siquiera considerar que nuestro bienestar pasa por cuidar de las sensaciones que nuestro propio cuerpo nos evoca, hagan lo que haga la gente de alrededor.

Esperamos, entonces, que las cosas se resuelvan ignorando el otro, para que se de cuenta del daño que nos ha hecho. Ya.

O gritando y vomitando nuestras razones, con una actitud que invalida el mensaje.

O tratando de retomar la relación por todos los medios, activando una culpa que nos machaca como un ladrillo la cabeza, sosteniendo una angustia que, creemos, no podemos gestionar.

En los tres casos, hablamos de recortes a la libertad personal.

Y claro, ahora que todo ha cristalizado, es difícil de ver.

Ya sabes, que dentro nuestro sigue esa niña o ese niño herido, que siente que cuando peor está nadie lo va a consolar.

Sin embargo, en tu mano está repetir o no este patrón.

Pero que sepas que cualquier solución pasa por mirarse primero a uno mismo, y sentir que ahora, de adultos, podemos darnos el trato que siempre merecimos. Porque esa parte nuestra, pequeña, vulnerable y muy reactiva, sigue necesitando los cuidados de un adulto sabio, fuerte y amable, que sepa y pueda contener y consolar.

Es decir, lo mismo que hemos aprendido a hacer [sólo] con terceras personas.

¿Te atreves a experimentar un trato diferente al que recibiste?

A veces, hace falta explorar hacia dentro. Tú me entiendes, mirarse con curiosidad.


Referencias:

BARUDY, J. (1998). El dolor invisible de la infancia: una lectura ecosistémica del maltrato familiar. Barcelona: Paidós Ibérica

BARUDY, J. y DANTAGNAN, M. (2010). Los desafíos invisibles de ser padre o madre. Barcelona: Gedisa

BERASTEGI, A. y PITILLAS, C. (2018). Primera alianza: fortalecer y reparar los vínculos tempranos. Barcelona: Gedisa

CRITTENDEN, P.M. (2002). Nuevas implicaciones clínicas de la teoría del apego. Valencia: Promolibro

GONZÁLEZ, A. (2020). Lo bueno de tener un mal día. Cómo cuidar de nuestras emociones para estar mejor. Barcelona: Planeta

NARDONE, G. (2009). Psicosoluciones. Barcelona: Herder


En este blog «caminamos a hombros de gigantes». La mayor parte de las ideas expuestas se basan en nuestra bibliografía de referencia.

Autor: Gorka Saitua. Soy pedagogo y educador familiar. Trabajo desde el año 2002 en el ámbito de protección de menores de Bizkaia. Mi marco de referencia es la teoría sistémica estructural-narrativa, la teoría del apego y la neurobiología interpersonal. Para lo que quieras, puedes ponerte en contacto conmigo: educacion.familiar.blog@gmail.com

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