Matrimonios de hielo

[…] La relación está rota, pero son incapaces de separarse. De cara a la galería, siguen teniendo una vida en común, pero ya no queda intimidad, ni complicidad, ni nada parecido. […]

Hay matrimonios que se sostienen con el silencio.

La relación está rota, pero son incapaces de separarse. De cara a la galería, siguen teniendo una vida en común pero, ya no queda intimidad, ni complicidad, ni nada parecido.

Se da, entonces, un pacto implícito: cada uno puede hacer su vida, sin dar explicaciones. Pero la libertad no sale gratis. A cambio, se debe seguir manteniendo la ilusión de normalidad y, a veces, de éxito, de cara al exterior: una buena imagen social.

Las razones que hay detrás, suelen ser buenas: que los hijos estén bien, que la familia no sufra o, sencillamente, sostener una realidad que compensa. La que sea.

A pesar de lo que pueda parecer, estas parejas suelen vivir en una calma tensa.

El amor no sólo es bonito y estimulante, sino que actúa como una válvula de escape. Los arrumacos, los mimos y el sexo, ayudan a la regulación emocional. Es decir, que mitigan muy eficazmente el dolor que se puede sentir dentro.

En su ausencia, todo es más complicado. Porque, cuando se sufre, suele buscarse UNA CAUSA a dicho sufrimiento. Rara vez se piensa que sufrimos porque NOS FALTA ALGO que es necesario.

No me digáis que no, es infrecuente que nos digamos que lo estamos pasando mal, porque hemos perdido nuestras válvulas de escape o nuestras bases seguras. Lo normal, es que nos digamos que estamos sufriendo porque alguien nos ha hecho daño, o no se ha portado bien con nosotras o nosotros.

Qué le vamos a hacer, somos seres bastante proyectivos.

Estas parejas llegan, así, a un punto crítico en su diálogo interno: empiezan a RUMIAR las decisiones o acciones de la otra o el otro.

Rumiar significa dar vueltas a las cosas, de manera impulsiva, y sin encontrar una salida.

Que si mira lo que me ha hecho, que si siempre ha sido así, que si otra vez lo mismo.

La rumiación, tiene otra consecuencia lógica: más desconexión emocional hacia la persona a quien se identifica como culpable.

Es culpable, y debe reparar el daño. Y, en consecuencia, no puedo percibir su realidad, su mente, o los buenos motivos que puede haber detrás de su comportamiento.

Tenemos ya definido un círculo vicioso. A menor intimidad, más rumiación. Y a más rumiación, más distancia en la pareja.

Todo ello, muchas veces, bien aderezado con la esperanza de que, cuanto más dolido esté, más probable es que la otra persona se percate de mi malestar y reaccione. Pero, vaya, las cosas no funcionan así, sino al contrario.

Porque, cuando una persona se muestra dolida y lo sostiene en el tiempo, lo natural es que los demás activen cierto rechazo.

Las hijas e hijos de estas parejas, se encuentran en una realidad complicada.

Me los imagino angustiados, yendo a la deriva, mientras su padre y su madre se dan la espalda flotando en dos bloques de hielo.

No es extraño que desarrollen síntomas que les permitan, a la vez, expresar su malestar, reconciliar a las figuras adultas, activando los cuidados.

Hace años, por ejemplo, coincidí con una familia cuyo hijo único, ya adolescente, tenía graves dificultades para ir al baño. Sufría de estreñimiento crónico, sin explicación médica, y episodios de encopresis severa.

Costó bastante pero, en el momento en el que padre y madre se sentaron en una mesa para decidir cómo asistir a su hijo, y concluyeron que debían aceptar su problema y dejar de ejercer presiones, empezó a ir regularmente al baño, como por arte de magia.

Esto nos da algunas pistas sobre el modelo de intervención que puede resultar efectivo, en este tipo de casos.

Además, es muy frecuente que queden afectados los procesos de diferenciación, es decir, los mecanismos por los que niños, niñas y adolescentes van desarrollando su identidad y autonomía, afirmando las diferencias con su padre y su madre.

La explicación es sencilla. Un padre y una madre que no se hablan, difícilmente podrán enfrentar las crisis vitales que todas las familias tienen. Por ejemplo, suele ser común encontrar chicas y chicos adolescentes infantilizados, a los que se les hace todo, como si tuvieran 6 años.

Cada una de las partes puede ser consciente de que están dando a su hija o hijo un trato inadecuado, pero pueden sentirse incapaces de enfrentar JUNTOS el problema, porque en su historia familiar, cualquier intento de resolver las cosas implica comprometer el mito de armonía y sus bases seguras: la estabilidad y una buena imagen social.

Por supuesto, estos son elementos que los profesionales no debemos cuestionar para no provocar daños en la familia.

Si te ha tocado un caso así, déjame que te dé un par de claves. Igual te sirven para empezar con el pie derecho.

Lo primero, haz una buena contextualización que implique a la pareja, como tal, en este proceso. Y lo segundo, invítales a hacer las sesiones juntos, de manera que puedan hablar y, con tiempo, empezar a tomar pequeñas decisiones. Verás el impacto profundo y sanador que tienen para todo el sistema.

Referencias: 

MINUCHIN, S. et FISHMAN, H. (1984). Técnicas de terapia familiar. Buenos Aires: Paidós

MINUCHIN, S. (1998). Calidoscopio familiar. Barcelona: Paidós

NARDONE, G. (2015). Ayudar a los padres a ayudar a los hijos: problemas y soluciones para el ciclo de la vida. Barcelona: Herder

NARDONE, G. (2009). Psicosoluciones. Barcelona: Herder

NARDONE, G.; GIANNOTTI, E.y ROCHI, R. (2012) Modelos de Familia. Conocer y resolver los problemas entre padres e hijos. Barcelona: Herder

En este blog «caminamos a hombros de gigantes». La mayor parte de las ideas expuestas se basan en nuestra bibliografía de referencia.

Gorka Saitua

Autor: Gorka Saitua. Soy pedagogo y educador familiar. Trabajo desde el año 2002 en el ámbito de protección de menores de Bizkaia. Mi marco de referencia es la teoría sistémica estructural-narrativa, la teoría del apego y la neurobiología interpersonal. Para lo que quieras, ponte en contacto conmigo: educacion.familiar.blog@gmail.com

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