Hacia una ética de las virtudes en educación familiar

Es la máxima autoridad para el lanzamiento de los misiles nucleares de una pequeña nación de apenas 20 millones de habitantes.

Los servicios secretos le acaban de informar de la CERTEZA de un ataque nuclear enemigo, en el plazo de 1 hora.

La máxima autoridad del país, su presidente, acaba de ser asesinado. Hay un vacío de poder, mientras el cual, él sigue siendo la única persona que puede tomar decisiones sobre la activación, o no, de los misiles de tierra, o a bordo de submarinos.

La nación atacante, es una superpotencia, que aglutina a 300 millones de personas.

Sabe que, si ataca primero, es muy probable que salve las vidas de sus compatriotas. Con su poder, puede exterminar a la práctica totalidad de la población enemiga. Pero, si no ejecuta el código, probablemente toda su nación sea reducida a cenizas.

¿Qué harías tú en su lugar?

Y, sobre todo, ¿qué es lo correcto?

Vale. Nosotras y nosotros no tenemos acceso al botón rojo. Sin embargo, con frecuencia, tenemos que tomar decisiones en las que sentimos que, beneficiar a una persona, puede ir en detrimento de otras.

Por ejemplo, cuando apostamos por el proceso de rehabilitación de un hombre que ha maltratado. Sabemos que, por muy bueno que sea el proceso, siempre existe la posibilidad de que reincida, y ejerza más daño, a menudo, sobre personas especialmente vulnerables.

Entonces, nos surge la duda.

Y podemos recurrir a dos formas de pensamiento.

A la primera, la llamaremos la ética de los valores absolutos.

Así, por ponerle un nombre.

Esta forma de pensar, parte de la premisa de que existen decisiones que son moralmente deseables, con independencia de las consecuencias que puedan tener.

En el ejemplo del maltratador, es evidente que hay determinados valores que entran en conflicto. Por ejemplo, el derecho de ese hombre a rehabilitarse, y el derecho de las personas maltratadas a ser protegidas. Entre otros.

La discusión sería, entonces, acerca de qué valor debe ser preponderante.

Ejemplos de este tipo de ética, es el imperativo categórico Kantiano, la teología cristiana, o la filosofía que sustenta la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

En general, está muy presente en nuestra cosmovisión, pero adolece de algunos problemas.

El más evidente, es que no permite sopesar las posibles consecuencias de las decisiones, llevando al ser humano a obrar ciegamente. Generando, a menudo, más dolor que bienestar en el mundo.

Y, a la segunda, la llamaremos ética de las consecuencias. Que tiene un carácter más pragmático.

De hecho, está asociada a la corriente filosófica del empirismo, uno de cuyos autores más influyentes es John Locke.

Se puede decir que Locke era un hedonista. Lo bueno, para él, era lo que aumentaba el placer en el mundo; y lo malo, lo que aumentaba el dolor o el sufrimiento.

Esta forma de ver la moral, tiene una implicación directa: cualquier juicio pasa por sopesar las posibles consecuencias de los actos, “miediendo” como afectan a las propias decisiones a las “cantidades” de bienestar y dolor en las personas afectadas.

Esta forma de pensar es práctica. Ayuda a tomar decisiones rápidamente y sin demasiado esfuerzo intelectual, pero tiene un par de problemas muy gorditos.

El primero, se relaciona con la pregunta ¿qué justifica que el placer —o cualquier otro principio— sea el valor supremo?

Y el segundo, ¿cómo sopesamos las consecuencias?

La realidad es que, las ciencias humanas se rigen por el principio del caos. Ya sabéis, “el vuelo de una mariposa en oriente, puede desatar un huracán en occidente”. Que, en resumidas cuentas, afirma que las consecuencias no pueden ser predichas, si atendemos a un intervalo de tiempo suficiente”.

Estamos jodidos, entonces.

¿Qué modelo de ética debe guiar nuestras intervenciones?

No es ningún secreto que, gran parte de las decisiones que tomamos, tienen explícita o implícitamente un componente ético. Es decir, que las ejecutamos con la idea de provocar un bien.

Y tampoco es ningún secreto que, muchas veces, la liamos parda. Como la socorrista del vídeo aquél.

Quizás, la solución sea volver a los clásicos.

Sí, a tomar por culo en el tiempo.

Y rescatar lo que ya se pregonaba en la Grecia Clásica, o en la china de Confucio: la ética de las virtudes.

Si no te suena demasiado es porque, curiosamente, no se enseña en ninguna universidad.

La idea clave es que, más allá de valores o consecuencias, hay una serie de características o cualidades que son deseables en las personas, y que, de alguna manera, forman en sustrato para que puedan obrar bien.

Platón, hablaba de adaptarnos a nuestra naturaleza, para que encajemos en una sociedad que tenga un funcionamiento armónico, o lo que para él era lo mismo, justo.

Aristóteles, de que ni tan calvo, ni tan peludo, que lo bueno era permanecer en un equilibrio a través de la moderación.

Y, yo que sé lo que decía Confucio, pero creo que iba en la línea de que, lo verdaderamente valioso, o deseable, era fluir con la vida, aceptándola como viene y como se va, conectando con el Tao.

Ninguna de las tres concepciones me acaba de gustar. Pero sí, las claves que hay detrás.

A fin de cuentas, la neurociencia nos dice que, para que una persona pueda pensar con claridad —como propone la ética de los valores absolutos—, y ponerse en el lugar de los demás —como exige la ética de las consecuencias— es imprescindible que pueda permanecer y permanezca en un estado de integración.

Es decir, que las diferentes partes de su cerebro, derecho e izquierdo, superior e inferior, puedan activarse y dar su opinión, produciéndose como consecuencia un diálogo interno, en el que confluyan pensamientos, sentimientos, emociones, propiocepción y las respuestas protectoras que la situación nos pueda provocar.

Lo mejor de todo, es que nos enseña el camino para que esto pueda ocurrir. El apego seguro, bien como consecuencia de nuestros primeros cuidados, o a través de las experiencias reparadoras que podamos tener.

Niquelao.

Referencias: 

BARUDY, J. y DANTAGNAN, M. (2010). Los desafíos invisibles de ser padre o madre. Barcelona: Gedisa

BARUDY, J. y DANTAGNAN, M. (2010). Los desafíos invisibles de ser padre o madre. Fichas de trabajo. Barcelona: Gedisa

CYRULNIK, B. (2013). Los patitos feos. Barcelona: Debolsillo

GONZALO MARRODAN, J.L. y PÉREZ MUGA, O. Todos los niños vienen con un pan debajo del brazo. Bilbao: Descleé de Brouwer

PORGES, S.W. (2017) Guía de bolsillo de la teoría polivagal: el poder transformador de sentirse seguro. Barcelona: Eleftheria

SIEGUEL, D. (2012). El cerebro del niño.  Barcelona: Alba Editorial

En este blog «caminamos a hombros de gigantes». La mayor parte de las ideas expuestas se basan en nuestra bibliografía de referencia.

Gorka Saitua

Autor: Gorka Saitua. Soy pedagogo y educador familiar. Trabajo desde el año 2002 en el ámbito de protección de menores de Bizkaia. Mi marco de referencia es la teoría sistémica estructural-narrativa, la teoría del apego y la neurobiología interpersonal. Para lo que quieras, ponte en contacto conmigo: educacion.familiar.blog@gmail.com

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