Un pañuelo de papel | la externalización del dolor: técnica de intervención familiar 

Muchos de las dificultades de las familias pueden explicarse porque las madres y los padres reproducimos con nuestras hijas y nuestros hijos, las estrategias de regulación emocional que nos generan más malestar a nosotros mismos.  

Mientras hablaba, saqué un pañuelo de papel y empecé a retorcerlo con las manos. Con un poco de dedicación, hice un muñeco que parecía tener una cabeza, cuatro patas y una colita pequeñita.

Ella estaba tan enfadada que no se dio cuenta.

—¿Con quién estás tan enfadada? —le pregunté.

—¿Pues no te lo estoy diciendo? —me respondió más alterada.

—Creo que es una pregunta que procede —dije con asertividad.

—Pues con quién va a ser. Con mi hijo. Mira que es burro para despistarse de esa manera —me contestó, secamente.

—¿Y con quién más?

—Con su abuela. ¡Mira que no prestar atención! En menudo lío me ha metido.

—¿Y con quién más? —insistí.

—Con nadie más —zanjó.

—¿Seguro?

—No sé en qué estás pensando.

—Ni lo tienes por qué adivinar —dije—. Pero has empezado a hablar diciendo que te habías puesto como una loca, y eso me ha llevado a pensar que igual también estabas algo de enfadada contigo misma.

—Es verdad. No me gusta nada verme así —reconoció—. Es como si me convirtiera en otra persona.

—No sé por qué has sacado esta conversación —respondí—, pero tengo la sensación de que buscabas en ella cierto alivio.

—Sí, quería que me dijeras que no estoy loca —reconoció—; que tengo motivos para sentirme así.

—Sin embargo, según hablabas, he notado que tu malestar hacía esto:

Dibujé una gráfica en el aire.

—Lejos de hacerte sentirte mejor —continué—, lo que te dolía se hacía más grande.

Asintió en silencio; y permanecí callado.

—Es que no debería hacer las cosas así —arrancó ella.

—Debería.

—Sí. No debería hacer las cosas así, pero no puedo hacerlas de otra manera —reconoció.

—Y cuanto más luchas por controlar lo que sientes y lo que haces, peor te sientes, y más difíciles se ponen las cosas, ¿verdad?

—No lo sé —miró hacia abajo.

—Me gustaría mucho proponerte un ejercicio —propuse—. Pero necesito que no te lo tomes como una obligación, sino con curiosidad. ¿Te apetece?

—Un poco sí —dijo mostrando cierta vulnerabilidad.

Hice, con la boca, el ruido de una botella al descorcharse. E hice como si le sacara del pecho el monigote de papel que había hecho.

—¿Qué es eso?

—Es el malestar que sientes en el cuerpo. ¿Ves su forma? Es como un perrito tierno.

—Estás loco —me piropeó con una sonrisa.

—Sí que lo estoy… un poquito.

—Pero no sale de ahí, sino de más abajo —señaló hacia la boca de su estómago.

—Perfecto —repetí el gesto y el ruido.

Se quedó expectante.

—Bien —afirmé—. Voy a hacer un gesto a este perrito pequeño y vulnerable; y quiero que tú me digas cómo afecta a esas sensaciones de tu cuerpo.

—Okey.

Cloqué la mano con mucha suavidad en el pañuelo de papel, imaginando que era una mantita suave y caliente. Y la dejé ahí, posada.

—Se está calmando —me dijo, sorprendida.

—Disfrutémoslo entonces —le invité con cuidado.

Pasaron unos 5 minutos. Según pasaba el tiempo, veía como ella se iba relajando. Primero la cara, luego los hombros. El movimiento de sus manos cesó, y sus piernas se recolocaron.

Respiré profundo, y ella me imitó haciendo lo mismo.

—Yo no sé qué necesitas —dije—. Pero sí sé que cuando luchamos contra nosotros mismos, el dolor se hace más intenso. Pero que, como ahora, cuando miramos, escuchamos y cuidamos lo que sentimos, el cuerpo nos guía para sentir alivio.

Desplegué y recogí el pañuelo para ilustrarlo.

Imagino que no es casualidad. Me miraba con cara de ese perrito tierno vulnerable.

—Si quieres, podemos hacer otro ejercicio —propuse.

Asintió.

—Coloca tu mano en la boca de tu estómago.

Lo hizo, y le salió una risa nerviosa.

No insistí. Todavía no parecía su momento.

Muchos de los problemas familiares pueden explicarse porque las madres y los padres reproducimos con nuestras hijas y nuestros hijos, las estrategias de regulación emocional que nos generan más malestar a nosotros mismos.

Así, una madre que es muy exigente consigo misma, lo es también con su hijo.

Un padre que se desconecta para sobrevivir al mundo, espera que su hija haga lo mismo.

O una madre que actúa desde la rabia, desea que su hija se defienda de la misma manera.

No por maldad o estupidez; sino porque sentimos que es la mejor forma de relacionarse con uno mismo.

Gran parte de nuestro trabajo como educadores familiares es crear las condiciones para que las personas adultas puedan experimentar alternativas de autorregulación que les lleven a relacionarse mejor consigo mismos, desactivando el control, y activando los cuidados. Porque sólo disfrutando de ello, podrán dar a las personas que más quieren el trato que siempre han querido.

Referencias: 

GONZÁLEZ, A. (2017). No soy yo. Entendiendo el trauma complejo, el apego, y la disociación: una guía para pacientes y profesionales. Editado por Amazon.

GONZÁLEZ, A. (2020). Lo bueno de tener un mal día. Cómo cuidar de nuestras emociones para estar mejor. Barcelona: Planeta.

NARDONE, G. (2009). Psicosoluciones. Barcelona: Herder

PORGES, S.W. (2017) Guía de bolsillo de la teoría polivagal: el poder transformador de sentirse seguro. Barcelona: Eleftheria

WALLIN, D. (2012). El apego en psicoterapia. Bilbao: Descleé de Brouwer

En este blog «caminamos a hombros de gigantes». La mayor parte de las ideas expuestas se basan en nuestra bibliografía de referencia.

Gorka SaituaAutor: Gorka Saitua. Soy pedagogo y educador familiar. Trabajo desde el año 2002 en el ámbito de protección de menores de Bizkaia. Mi marco de referencia es la teoría sistémica estructural-narrativa, la teoría del apego y la neurobiología interpersonal. Para lo que quieras, ponte en contacto conmigo: educacion.familiar.blog@gmail.com

 

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