Ser padre y niño herido

Los hijos o hijas reabren nuestras heridas, brindándonos la oportunidad de sanarlas o haciéndonos caer al abismo.

Mi abuelo murió cuando yo tenía 16 o 17 años. Y yo le quería mucho.

Tuvo una muerte muy mala. Sufrió una serie de ictus que le fueron arrebatando progresivamente capacidades: el habla, la inteligencia, el movimiento, etc.

La situación se hizo insostenible y mi familia —para protegerse— decidió internarlo en una residencia.

De él recuerdo, sobre todo, los días que pasábamos juntos pescando, haciendo barbacoas, o viviendo aventuras en la naturaleza. Ahora me viene a la mente que, muy niños, jugábamos con varios adornos de su casa, dispuestos en una mesa, simulando los mandos de un avión o una nave espacial.

Jugar con él era maravilloso. Se metía en el juego como un niño, pero con la experiencia y las capacidades de un adulto.

Qué suerte tuve.

Me sabía acompañar, mirar mi parte positiva. Y contaba excelentemente historias. Estar con él era vivir y revivir sucesos fascinantes, que conectaban con los árboles, los animales, los antepasados y la tierra.

No es de extrañar que se me estén humedeciendo los ojos.

Cuando sufrió su primer infarto cerebral yo tendría unos 13 años. Y me asusté mucho. Es abrumador ver cómo se deteriora rápida e injustamente una persona a la que quieres.

De ese episodio se recuperó bastante. Pero luego vinieron otros, y cada vez más frecuentes.

Recuerdo un día en el que yo estaba en una estación del metro, y él —que entonces ya estaba bastante mal— apareció en el andén de enfrente.

No puedo recordar qué sentí. Si inseguridad, confusión, vergüenza, u otra cosa. La cosa es que me bloqueé y me hice el “longuis”. Ya sabéis, como en la sabana: estate quiero y que el depredador no te vea. Sólo que en este caso el león era la persona más buena, sabía, y amable que he conocido nunca.

Pasaron unos 5 minutos horrorosos, en los que sentí que se paraba el tiempo. Pero finalmente, llegó el metro y se lo llevó.

Todavía me atormenta pensar que probablemente me vio. Que se dio cuenta de que estaba allí. Y que, fiel a su carácter benévolo y consciente de su deterioro, no quiso acercarse a mí para no hacerme pasar un mal rato.

Un par de años después murió. En sus últimos días sólo fui a visitarle cuando mi padre o mi madre me lo pedían. Así que, en mi mente, en mi corazón y en mi cuerpo, le abandoné cuando más me necesitaba. Dejé sólo al hombre que había cuidado de mí y de mis miedos.

Nunca lo voy a saber. Pero me encantaría sentir que no se llevó ningún reproche a la tumba.

Ahora, con 39 añazos, padre de una bebé de 11 meses, estoy volviendo a acercarme a él a él, y despedirme como se merecía. Decirle —en mis pensamientos, y a veces en voz alta—que me di cuenta de lo que hice, y que me he estado haciendo daño desde entonces por dentro.

Te pido de nuevo que me perdones. Pero esta vez con lágrimas. Como te mereces.

Creo que te sentirías orgulloso, Aitite, de que trate de repararme por dentro. De que vuelva a colocar tu figura en el estante del salón, a la vista de todo el mundo. De que rescate entre congoja y lágrimas todo lo que me diste para devolvérselo a la tierra y a las personas que sufren, acompañándolas como tú hiciste conmigo, siendo realista pero rescatando lo bonito.

He hecho de lo que me diste mi profesión, y un poco mi misión en la vida.

Ahora estoy listo sentir de nuevo tu mirada, porque Amara también te necesita muy cerquita. Ya no temo tus reproches. Sé que, si algún día te fallé y te enfadaste, viéndome ahora, me habrás perdonado.

Ojalá hubieras podido conocerla. Me encantaría que pudiera pasar un par de minutos en tus brazos. Que te manche la ropa y te llene de babas. Tiene una fuerza maravillosa. Le encanta explorar el mundo. Habría disfrutado mucho de tus historias y aventuras pero, sobre todo, de tu presencia serena y reflexiva.

Me llena de orgullo que mi padre —tu hijo—, esté siendo tan cálido y divertido con ella. Es como revivirte todo el rato. Verte en cada gesto y en cada movimiento. Que sepas que, aunque no seamos mucho de hablar, eso nos está haciendo sentir mucho más unidos.

Le hablaré de ti en la casa donde naciste y donde vivías. Y si me emociono que así sea. Qué narices. Quiero que ella pueda llorar a salvo, conmigo.


Gorka SaituaAutor: Gorka Saitua. Soy Pedagogo. Trabajo desde el año 2002 en el ámbito de protección de menores de Bizkaia, en la Asociación Bizgarri – Bizgarri Elkartea. En 2016 comencé con el proyecto educacion-familiar.com que me apasiona. Para lo que quieras, ponte en contacto conmigo: educacion.familiar.blog@gmail.com

Este artículo pertenece al blog www.educacion-familiar.com, antes www.indartzen.com. Si quieres saber más sobre nosotros echa un vistazo a quiénes somos y síguenos en nuestras redes sociales Facebook y Twitter, somos @educfamilia.

 

2 comentarios en “Ser padre y niño herido

  1. Bibiana Alvarez

    Es verdad, Gorka, los hijos y las hijas traen debajo del brazo una oportunidad maravillosa de crecer como persona y de facilitar ese reajuste integral que necesitas para curar casi por completo las heridas del pasado. El amor, ese amor tan puro y verdadero, una vez más es el secreto del éxito! Gracias por compartir, compañero!! Un fuerte abrazo

    Le gusta a 1 persona

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