6 escalones para pensar el vínculo con tu hija/o 

Podemos visualizar los diferentes tipos de relación que las madres y los padres pueden establecer con sus hijas e hijos, con la metáfora de una escalera.  

En los escalones más bajos estarían los niveles más bajos y que más factura pasan a todos ellos, y en el nivel más alto las formas que más permiten crecer y desarrollar una estructura resiliente.  

¿Quieres descubrir dónde estás? ¡Adelante!


Empecemos de abajo hacia arriba.

Educación_Familiar_Escalones_Vínculo

PRIMER NIVEL. El caos 

Aquí se sitúan los madres y padres afectados por el trauma complejo. Normalmente se trata de personas que han vivido infancias muy complicadas, en las que su mente ha tenido que romperse (disociarse) para poder sobrevivir. Como si su cuerpo hubiese decidido hipotecar su coherencia y salud mental para mantener el vínculo con unos progenitores que eran, a la vez, las personas que tenían que cuidar y proteger, y fuente de dolor e inseguridad.

Estas personas pueden actuar de manera impredecible y caótica, y pasar sin previo aviso de ser unos padres bondadosos y cuidadores, a ser profundamente negligentes o maltratadores, impidiendo que la mente de sus hijos se pueda organizar para sentir seguridad.

Estas personas se encuentran en el nivel más bajo de nuestra escalera, porque sostienen una relación con sus hijos e hijas que tiene un enorme impacto a nivel de su desarrollo neurobiológico, dañando profundamente las conexiones neuronales que permiten al cerebro trabajar de manera organizada, como un todo coherente, exponiéndoles a patologías físicas y que pueden ser de elevada gravedad (patologías circulatorias, inmunológicas, endocrinas, consumo de drogas, autolesiones, intentos de suicidio, etc).


SEGUNDO NIVEL. La rigidez  

Se trata de madres y padres que han podido organizar su mente a costa de una parte que han tenido que repudiar: el niño descontrolado.

En el trabajo o en otros contextos relacionales pueden funcionar con aparente normalidad, pero el descontrol y la vulnerabilidad de sus hijos e hijas les conecta con esa parte repudiada, que no pueden tolerar en ellos mismos.

Por eso se muestran autoritarios y/o violentos con ellos. Porque tratan de “meterles en vereda” y que asuman su responsabilidad o sentido del deber. A fin de cuentas, son las soluciones que a ellos les han servido, y por tanto, las que ven con más facilidad para los demás.

Estas personas son muy resistentes a tomar contacto con su vulnerabilidad, porque ello les llevaría a abrazar y cuidar a ese niño herido que permanece dentro de ellos, y que, en el fondo, sienten como un peligro o una profunda inseguridad.

Las niñas y niños criados por estas personas pueden sufrir mucho, pero a diferencia de los anteriores, pueden encontrar soluciones que les permitan organizarse y sentir seguridad, bien a través de la huida (drogas, escapadas, deporte compulsivo, etc.), o a través de síntomas que calmen a los progenitores y activen su motivación para cuidar (trastornos alimenticios, depresión, adicción a los videojuegos, etc.), todo dependerá de lo que pueda encajar en su contexto familiar.


TERCER NIVEL. La razón  

Es una variante más comprensiva y calmada del modelo anterior. Y con menos presencia de trauma o dolor.

Se trata de las personas cuya historia personal les ha enseñado que las emociones no son de fiar, y que sólo pueden organizarse y sentir seguridad siendo fieles al pensamiento científico y la razón.

Al contrario de los anteriores, son capaces de ser flexibles y cambiar de punto de vista, pero se quedan muy escasos en lo que se refiere a los componentes sutiles de la relación.

Por ejemplo, les cuesta mucho captar las señales de bienestar o malestar que pueden emitir sus hijas e hijos. Y las interpretan francamente mal, porque su atención y percepción están a nivel del cerebro izquierdo, que es muy malo para hacernos ver la globalidad y la complejidad que implica la relación con los demás.

Lo habitual es que aburran o hagan sentir inferiores a sus hijos e hijas, porque estos no pueden llegar, ni por asomo, al nivel de complejidad del cerebro abulto, y tenderán a desconectarse o apoyarse en otro tipo de relaciones que les aporten más calor, emoción y pertenencia, con el peligro que esto puede suponer, dependiendo de las necesidades de fondo que necesiten satisfacer.

Estos progenitores suelen sorprenderse ante los síntomas que presentan sus hijos e hijas (por ejemplo, rebeldía, consumo de drogas, fracaso escolar, etc.), y cuesta mucho hacerles ver sus errores, porque menosprecian el lenguaje de los sentimientos y están convencidos de haberlo hecho francamente bien.


CUARTO NIVEL. La calma 

Se trata de padres y madres que “entienden” que sus hijos e hijas necesitan estar en calma para funcionar y portarse bien. Y que son capaces de entender que disponen de diferentes alternativas para conseguir que se sientan mejor.

La paradoja de todo esto es que, según el caso, algunos niños, niñas y adolescentes pueden sentir que todo esto no es otra cosa que un intento de manipulación. Es decir, una forma de presionarles, de manera muy sutil, para que se porten bien.

Estos padres y madres, a pesar de su discurso lógico, sensible y coherente, no están conectados con las experiencias íntimas de sus hijas e hijos. Y aunque abracen teorías como las de la disciplina positiva o la crianza respetuosa, no llegan al núcleo de la cuestión.

Normalmente, se trata de padres y madres informados, y con muy buenas intenciones, pero que, al igual que los anteriores, siguen repudiando, de alguna manera, a su niño interior.

Lo habitual es que estas personas se sorprendan porque sus planteamientos pedagógicos no tienen los resultados que ellos esperaban, y esto debe ser para nosotros un indicador de que podemos acompañarles a explorar y sentir otros niveles de relación.


QUINTO NIVEL. La conexión 

Se trata de personas que basan su crianza en la resonancia afectiva y el corazón. Que sienten en sus propias carnes las experiencias de sus hijas e hijos, y la necesidad de acompañarles en su bienestar y su dolor.

Tienen la mente y el corazón a disposición de sus hijos. Y estos se sienten a gusto con ellos.

¿Qué puede salir mal, entonces?

El peligro es la fusión. Es decir, la indiferenciación entre los estados mentales de los niños, niñas o adolescentes, y los del adulto. Y que, por tanto, “lo mío sea tuyo” y “lo tuyo sea mío”, entrando así en un ciclo de retroalimentación que empuje a la familia al caos.

Son personas y familias muy permeables a la intervención familiar, que la buscan un la provechan. Pero que normalmente llegan en busca de “soluciones concretas” para los niños/as o adolescentes, cuando la única solución pasa por la diferenciación de los subsitemas familiares y la corregulación emocional entre los adultos.


SEXTO NIVEL. El acompañamiento 

El máximo nivel. El nivel de oro. Pongamos la alfombra roja, porque llega “el no va más”.

Se trata de personas que integran los valores de los estilos de relación anteriores. Y que, simplificando mucho, podemos decir que pueden “estar presentes” tanto en su propia experiencia como en la experiencia de los demás.

Cuando se relacionan con sus hijos/as resuenan con sus sentimientos y emociones, pero en unos niveles que pueden tolerar. Y a la vez son conscientes de las partes que se van activando en ellos y ellas, y en cómo el hacer y en sentir de sus hijos e hijas conecta con su pasado e historia personal.

Son capaces de funcionar de manera equilibrada entre el cerebro y el corazón. Y necesitan “mucha caña” para perder el control.

Pero ¿cómo detectar estas joyas? Quizás las claves vayan por aquí:

  • Metacognición. Tienen la capacidad para representar su propia mente y explicarla a los demás.
  • Mentalización. También pueden representar la mente de los demás, y preguntar con acierto sobre sus estados mentales, entendiendo que su visión de las cosas es sólo una parte de la realidad.
  • Resonancia afectiva. Se emocionan en el contacto comunicativo con los demás, y son capaces de sentir la necesidad de hacer algo por sus interlocutores, si sienten que lo están pasando mal.
  • Sincronía en la comunicación. Se trata del “baile de microgestos” que se produce durante la comunicación entre dos interlocutores que se encuentran a gusto y en paz. Y que conectan la parte derecha e izquierda del cerebro, para sentir y dar un sentido a la conversación.
  • Valoración. Entienden de manera comprensiva las dificultades, asumiendo la parte de responsabilidad que les toca, y la propia vulnerabilidad.
  • Reparación. Y en consecuencia, no tienen reparo en pedir disculpas y reparar si es necesario la relación.

Y tú ¿en qué nivel te encuentras? ¿a cuál te gustaría llegar durante este año? ¿qué te gustaría hacer mejor?


Gorka SaituaAutor: Gorka Saitua. Soy Pedagogo. Trabajo desde el año 2002 en el ámbito de protección de menores de Bizkaia, en la Asociación Bizgarri – Bizgarri Elkartea. En 2016 comencé con el proyecto educacion-familiar.com que me apasiona. Para lo que quieras, ponte en contacto conmigo: educacion.familiar.blog@gmail.com

Este artículo pertenece al blog www.educacion-familiar.com, antes www.indartzen.com. Si quieres saber más sobre nosotros echa un vistazo a quiénes somos y síguenos en nuestras redes sociales Facebook y Twitter, somos @educfamilia.

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